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“Una buena parte del arte del bien hablar consiste en saber mentir con gracia”.
Así rezaba una cita de Erasmo de Rotterdam que encontré entrecomillada en un viejo cuaderno de notas. Toda una señal del cielo, me dije, mientras arrancaba la hoja y la guardaba en el bolsillo izquierdo de mi esmoquin. Espera y verás, querida.
Al fin había encontrado la clave para mi discurso de esa noche. Hasta ahora me torturaba pensar en ese momento, al final de la cena, en el que todas las miradas estarían clavadas en mí, inquisidoras y curiosas unas, asustadas otras. Y la que más me importaba, la de mi querida Katia, siempre ingenua e inocente, sólo buscaría sentirse, una vez más, orgullosa de mí. Ella buscó por toda la ciudad el esmoquin más elegante para la que siempre pensó que sería una noche triunfal. No podía imaginar la realidad que había detrás de aquella cena tan especial.
Y ahí me encontraba, minutos antes de salir, sentado en la cama junto a tres vestidos que Katia decidiría finalmente no vestir en la cena, repasando una y otra vez en mi cabeza lo que sucedería esa noche.
A lo lejos se escuchaban los tacones de Katia acercándose. Me levanté y fui hacia ella, quien dulcemente, acomodó mi corbata debajo del cuello de la camisa y tomó mi mano.
"Vamos, es tarde" -dijo mientras salimos.
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Katia estaba deslumbrante. Una combinación de elegancia y naturalidad que me recordó el primer día que nos conocimos en aquella antigua librería de Londres. Absorto en estos pensamientos tan gratos, bajábamos en el ascensor cuando vi en el lateral de su bolso una tarjeta que asomaba y que tenía un logotipo que me era vagamente familiar. Horrorizado, me vino a la mente por qué lo recordaba. Era del hotel donde comenzaron los sucesos que, esta noche, iban a estallar durante mi discurso ante el Consejo de Administración y los mayores accionistas.
Sentí un sudor frío, cerrando cada poro de mi piel, las piernas comenzaron a temblarme... La memoria traicionera hacía presente el episodio que había sido un parteaguas en mi vida. El viejo ascensor tocó suelo dando un pequeño saltito de rebote. Me esforcé para que Katia no notase mi inseguridad por miedo a defraudarla. Cuando salimos, buscando un taxi, empezaba a oscurecer. Al horizonte, entre barrocos edificios, un anochecer espectacular trajo mi mente instantáneamente al momento presente. Respiré profundo, tomé la firme mano de Katia y sentí amor.
El tráfico era muy intenso y se hacía difícil distinguir los taxis. Tras un rato de espera Katia sugirió ir caminando. "¿Así?, ¿tan elegantes?", dije. "¿Por qué no? Disfrutemos de la ciudad y que ella disfrute de nosotros", contestó ella con tono insinuante mientras me llevaba de la mano hacia el centro de la acera. Aunque nadie parecía fijarse en nosotros, disfrutaba a su lado, imaginando la admiración que una mujer tan atractiva y elegante producía al pasar. Suponía, sin hacer por comprobarlo, cómo los hombres se girarían para ver cómo se alejaba.
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Mi mente no hacía más que transitar entre un futuro incierto, desconcertante, temeroso y un pasado abrumador, confuso. Lo único que tenía era aquel momento junto a ella, en el que caminábamos ágiles y expectantes hacia un lugar al que no quería llegar. Hubiese preferido que ese trayecto se perpetuase en el tiempo y sólo fuésemos nosotros dos, caminando livianos y joviales. Sin embargo, el destino inexorable me amenazaba punzante. Mi corazón comenzó a latir con agresividad y nuevamente recordé de lo que me esperaba. Estábamos frente al hall de entrada.
El tiempo se detuvo y el jadeo de mi respiración se solapaba con el sonido del roce del fieltro de la puerta giratoria.Una vez dentro,entrecruzamos las miradas,nuevamente.Y tras una leve mueca de complacencia, avanzamos decididamente hacia el mostrador de entrada.El sonido de los tacones de Katia marcaba los tiempos como el reloj de la plaza.Doce campanadas y el timbre de aviso de información distorsionaron el murmullo ambiental que acompasaba las notas de la primavera de Vivaldi.Ajeno a toda realidad,el roce de unos dedos en mi hombro me hizo estremecer
"Buenas noches querido amigo". Esa voz me era familiar. "Cómo pasan los años", continuó mientras yo giraba lentamente sobre mis temblorosas piernas. Sabía que esa noche los saludos serían incesantes y que unos serían más agradables que otros. Ese momento jamás me lo podía haber imaginado de esa manera. Pero ahí estaba, tras 20 años, en frente de mí, sonriendo, esperando a que le abrazara, sin una gota de rencor en su mirada, al menos eso fue lo que me transmitió cuando logré girarme del todo y fijar mi pupila en la suya. "No pensé encontrarte aquí", dije.
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Lo apropiado era sonreír y responderle de forma educada como tantas otras veces en el pasado. Al fin y al cabo, casi siempre se sentía protagonista y esa noche yo era el centro de atención. Simplemente sonreí y enseguida busqué otros ojos con los que conectar: "¿Me disculpas?, me están esperando", añadí mientras me alejaba hacia el interior del salón. Estaba acostumbrado a satisfacer siempre su ego. Su intensa mirada y mueca aprendida en tantos y tantos encuentros de gente bien expresaron con toda claridad lo profundamente dolido que se sentía.
Katia, visiblemente confundida, aceleró su paso para poder seguirme. Los invitados se agolpaban a ambos lados de la entrada del salón principal y el movimiento brusco de unos fotógrafos centró sus miradas en mí. El silencio de sus voces amplificaba la música ambiental y a nuestro paso fueron abriéndose en abanico como si de un baile real se tratara. Un sentimiento contrapuesto de rubor y placer invadió mi cuerpo y solamente el acto reflejo de la mano de Katia presionando mi antebrazo me hizo recordar el verdadero motivo por el que nos encontrábamos allí.
Y lentamente los ruidos fueron apagándose, o por lo menos dejé de escucharlos. Claramente miré hacia mi lugar y como un autómata dí unos pasos hacia los escalones que me acercaban al estrado. Katia se había quedado atrás, para poder observarlo todo desde abajo. Al subir, de pronto, tuve otra perspectiva de las cosas. Todos los allí reunidos me eran de una o de otra forma familiares: el presentador decía palabras que no escuchaba, aplausos que me parecían lejanos.... el momento había llegado..... pero, ¿podría decir todo aquello que era necesario decir?
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Inspiré profunda pero silenciosamente. Observé detenidamente la sala y a todos los que allí estaban y, mientras se iba haciendo el silencio, agolpé todas mis ideas en la punta de mi lengua. Luego, clavé mis ojos en los ojos de Katia y, entonces, las organicé. Pero recuerdo que justo antes de empezar a hablar, al tiempo que me palpaba leve e inconscientemente el esmoquin, noté la presencia de aquel papel donde estaba escrita aquella cita. Y mientras convincentemente iba desgranando las consabidas palabras de reconocimiento y gratitud hacia los presente, me daba cuenta de que ya, en eso mismo, la frase de Erasmo de Rotterdan había encontrado un perfecto ejemplo en mi discurso.
Amigos míos, he meditado mucho la manera de empezar este discurso con el ánimo de obtener el máximo grado de satisfacción de cada uno de vosotros; no obstante, he llegado a la conclusión de que para llegar a alcanzar mi deseo debería concebir uno a medida de las necesidades de cada uno de los presentes y, es obvio, que no lo voy a hacer. No obstante, creo haber encontrado la fórmula que, si bien no os llevará a alcanzar el clímax, estoy plenamente convencido de que, por lo menos, os dejará un buen sabor de boca y un recuerdo muy especial de esta noche.
Mientras pronunciaba estas palabras, mis ojos no acompañaban; mi mente tampoco. Ellos, vagabundeaban, de un lado al otro de la sala, inquietos, melosos, desafiantes. No se detenían ni un par de segundos en ninguno de los expectantes oyentes y evitaban, por distintos motivos, posarse en Katia o dirigirse a él. ¿Y m imente? Ella estaba aturdida, sin poderlo evitar repasaba detalle a detalle aquella noche hacía justo hoy tres años.. Había escuchado tantos discursos y preparado tan minuciosamente este, que mi boca hablaba sola.
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... Sin embargo, ésta no era como en otras ocasiones un discurso común. No se trataba ni mucho menos de otra conferencia más. Aunque hablaba como un autómata mi corazón iba por su lado, a gran velocidad casi descontrolado, y paré para darle un poco de tregua, apenas un par de segundos, justo el tiempo necesario para tomar resuello y continuar. Aunque no me detenía en ninguno de ellos, sí podía ver las caras de asombro y sorpresa entre los asistentes, muchos de ellos buenos amigos. Pero la decisión estaba tomada.
No había vuelta atrás, no me lo permitía, tampoco Katia y menos él; así que continué:
“Lo que os voy a deciros es sin duda la decisión más importante que he tomado durante estos 20 años de leal servicio; mi puesto ya no me corresponde, abandono la compañía.”
Intentando ignorar lo escandalizados que estaban muchos de los presentes, volví a mirar en los ojos de Katia en busca de consuelo, su mirada siempre me daba lo que necesitaba, esta vez me transmitía que estaba haciendo lo correcto. Luego volví a mirarlo a él, después de tantos años me atreví a hacer
lo que nunca nadie antes se había atrevido. Aunque había sido fundador de la compañía y su presidente desde su inicio, nadie, ni siquiera yo mismo, había tenido el suficiente valor de desenterrar las vergüenzas sobre las que habíamos edificado el triunfo de nuestro imperio... Sería nuestro fin, y sin embargo me sentía liberado, extrañamente tranquilo. Además se lo debía a ella, Katia estaba esperando y se lo había prometido. Volví a abrir la boca para comenzar a hablar y
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mis palabras seguían rompiendo a jirones el silencio sepulcral de la sala. Unos secaban el sudor de su frente, desbordados por la desesperación, otros alzaban arrogantes el cuello marcando una engañosa impasibilidad y otros estallaban en júbilo viéndose portadores de la noticia de la semana, tal y como supuse, nadie saldría indiferente esa noche, ni tan siquiera yo, no obstante las repercusiones que mi declaración desencadenarían alcanzarían una envergadura que jamás hubiera imaginado, pese a que era consciente de que ya nada volvería a ser como antes.
Entonces, me lancé.
- Hace veinte años llegué hasta este lugar desde donde hablo y que ahora abandono. Son muchos años. Sin embargo, todo ellos se pueden resumir, abreviar, condensar, en lo que pasó durante ese año en que fui elegido para dirigir esta casa...
Hice una pausa. Apenas recordaba en ese momento hechos concretos, pero una oleada de sensaciones me dejaban sin respiración.
... algunos ya estabais, seguís a pesar de todo como yo.... como yo. Y está Katia, como también estaba entonces, y está él. ¿Qué fue lo que pasó en esos meses...?
Estuve hablando casi una hora. Todo lo que dije me vació por dentro. Ignoro si muchas de las personas que estaban allí percibieron el lavado moral que me estaba haciendo; desconozco si durante esa hora pensaron en otra cosa que en quién me habría de suceder. Pero, en todo caso, hubo dos, al menos dos, que me atendieron profundamente. Fue suficiente para mí, pues era a ellos en realidad a quien me dirigía: hay una edad en que uno se da cuenta de que todo lo hace por alguien que no es uno. Cuando acabé, salí de la sala. Ellos dos, detrás de mí.
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El desconcierto general se apoderó de los presentes.Un ronroneo bullicioso que perdia su intensidad a medida que me alejaba y que la estridencia de un portazo sesgó bruscamente.¿donde crees que vas? Las palabras consiguieron espantarme.Sentí,por un momento, el frío del miedo que me dejó paralizado.Sabía que debía de enfrentarme a mi destino,pero no podía.Intente tranquilizarme,respiré y en un alarde de valentía fingida decidí girarme.¿Piensas que puedes irte así,sin más?Reconozco que la duda me invadió.Trás un instante de reflexión,decidí sincerarme.
“Lo siento viejo amigo, no hay marcha atrás. Esto tiene que acabar”. Le dije intentando que no me temblara la voz. Él, antes de contestarme, levantó la ceja y esbozó media sonrisa. No era la primera vez que veía esa expresión en su rostro y jamás traía nada bueno. –“Estás muy equivocado si crees que vas a abandonar el barco sin más....”. Hizo una pausa, con un pañuelo blanco limpiaba las lentes de sus gafas, mientras sonreía y negaba con la cabeza. Continuó, “Tú mejor que nadie sabes de lo que soy capaz cuando me traicionan… . “.
Todos los recuerdos, desde la época en que comenzamos, se agolparon en mi mente justo en este momento en que estaba ante la encrucijada que marcaba el final de mi participación en todo aquello. Al mirar su cara y escuchar su voz, de pronto recordé los inicios, cuando vino a ofrecerme algo que yo consideraba una oportunidad; qué lejos estaba todo aquello, nunca imaginé en aquel entonces que yo me vería involucrado en todo esto: poco a poco fui aceptando, ignorando, permitiendo y, al final, había participado tanto como los otros, pero no más... lo miré y
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superando mis nervios y el desaliento que me producía alejarme de aquella empresa que había sido mi vida, le devolví su pregunta con otra: ¿Por qué crees necesario que me quede?
¿No has demostrado ya tu autosuficiencia para manejar los proyectos a tu antojo?
¿O necesitas compartir responsabilidades para sentir que todo lo puedes?
Katia hundió sus dedos en mi costado suavemente...
Me giré hacia ella. ¿Nos vamos mi amor?, creo que Eduardo necesita tomar decisiones sobre el futuro de esta empresa. Lo miré a los ojos desafiante. Era obvio que le había
desafiado y que no sería fácil salir airoso de eso, pero eso ya lo vería mañana, ahora era momento de volver a casa con Katia y replantearnos como seguir nuestra vida.
Una primera sensación de alivio se vio enturbiada por el recuerdo repentino de la imagen de la tarjeta asomando en su bolso. ¿Por qué razón todavía la conservaba?
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Se lo había prometido y allí estaba, a su lado, partiendo pausadamente después de sumarme una victoria en mi transformación. Sin embargo presentía que alguna cosa no marchaba bien. Katia me había animado, me había apoyado incondicionalmente durante toda mi carrera e incluso ese mismo día me había expresado cariñosas palabras de ánimo, siempre tan perfectas, siempre tan leales que me sentía incómodo incluso sólo al considerar la más efímera duda sobre ella. -Estás muy callada, ¿en qué estás pensando? Le pregunté con la esperanza de no hallar respuesta.
No me contestó.Tan sólo esbozó una leve mueca disfrazada de sonrisa que no supe o quizás no quise interpretar.Una ligera brisa hacía balancear su flequillo acompasadamente,escondiendo su mirada emocionada.Su voz ,entrecortada,se mezcló con los cuartos que dio el reloj de la torre.No entendí lo que me dijo,o quizás no quise tampoco entenderla.Su boca,sus ojos,su expresión no presagiaban nada bueno.Katia,la misma persona que instantes antes me irradiaba toda su energía positiva,ahora me contrariaba con su enigmática expresión.
Intenté cerrar los ojos y recordar cada instante, cada detalle de aquella reunión en el hotel. Iba a ser un encuentro más como tantos otros con nuestros colaboradores en Paris. Un problema durante la restauración del edificio que albergaba las oficinas centrales en la ciudad les obligó a desalojarlas temporalmente e instalarse en unos locales de alquiler, por lo que la reunión tendría lugar en la suite de un céntrico hotel de la ciudad. En un principio nos resultó extraña su insistencia en mantener nuestra cita en la fecha señalada.
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Pero desde la Central siempre habíamos insistido en la eficacia del tiempo, en resolver con capacidad y eficiencia cualquier inconveniente. Si, pensándolo bien era mejor no postergar la reunión por falta de espacio.
Llegué al hotel directamente desde el aeropuerto, el conserje se apresuró a abrir la puerta del taxi, había sido advertido de mi llegada. Alguien me acompañó hasta la última planta, donde se encontraba la suite, rodeada de una terraza que permitía admirar toda la ciudad.
¿dónde estás?, preguntó Katia sacándome de mi ensimismamiento. - En París, en una suite con vistas a la ciudad. Me miró, interrogante, supe que ella sabía perfectamente de lo que estaba hablando pero quería oírme antes. Era la primera vez que nos desencontrábamos, que nuestra conversación no era el preludio de un largo entendimiento. Me estremecí. Cogimos un taxi que nos llevó hasta la puerta de casa
Algunas personas ya estaban sentadas alrededor de una mesa con carpetas y papeles desparramados, otras hablaban animadamente en pequeños grupos. Apenas entré todos callaron y fijaron la vista en mí, quietos como si hubieran estado esperando una señal que les indicara cómo seguir. Fue en ese momento que noté al hombre en la terraza, caminaba y agitaba los brazos hablando con una figura invisible desde el sitio donde yo estaba. - Ahora eres tú el que permanece callado,
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Descendimos. Cada uno por su lado del taxi y me vino a la mente la idea que esto mostraba muy bien lo que había sucedido. Comprendí, por fin, que mi jornada con Katia había llegado a una encrucijada. Caminos que se separan y destinos diferentes. Lo que no había entendido era la terrible realidad. La traición empezaba a perfeccionarse y me envolvía como una red que no me dejaba intersticios libres. Me sofocaba y, eventualmente, podría significar mi fin y el de todo lo que amaba. Sentí que me encaminaba a la desolación y que no podía evitarla.
Subimos en el ascensor y, al volver a ver, una vez más, la tarjeta sobresaliendo de su bolso, no pude reprimirme:
- Katia...
Me miró fijamente a través del reflejo del espejo.
- ... por qué llevas esa tarjeta en el bolso?
No le pregunté qué hacía aquel día en el hotel; no le pregunté por qué estaba allí y por qué estaba allí haciendo algo a mis espaldas. No. Le pregunté por qué la tarjeta. Por qué quería que yo supiese que aquella persona era ella...
- Por qué...
Llegamos a la planta que nos correspondía y dejó de hablar. Nos acercamos a la puerta del piso. Ella delante, yo detrás anhelante. ¿Por qué, por qué...? iba pensando. Abrió con sus llaves, entró y cuando se giró para sostener la puerta y cerrarla después de que yo pasase, continuó.
- ... porque no sabía cómo decírtelo.
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Empezó a sollozar y su llanto me embriagó de dolor y tristeza. Era verdad. Todo lo que mi mente había cavilado buscando una respuesta y ahora sus labios estaban cerciorando mis suposiciones. Casi no me escuché a mi mismo, pero en un último suspiro de entereza le pregunte:- Decirme, ¿el qué?, Necesitaba oírselo decir a ella. No me miraba y eso me inquietaba más aún, pero ya lo daba todo por perdido así que volví a insistir -¿el qué, Katia? Decir ¿el qué?.
La imagen de aquella mujer, invisible en un primer momento, regresó a mi cabeza. Aquella primera impresión de que su espalda me resultaba familiar... Esa misma espalda, ahora frente a mí, que no me atrevía a tocar. De repente me pareció el ser más frágil del Universo, como si al rozarle fuera a romperse en mil añicos...
Más de veinte años juntos y ahora la veía como una completa desconocida... "¿Cómo he podido estar tan ciego? ¿ Desde cuándo formas parte de esto? ¿Cómo has podido hacerme algo así? No me creo que me hayas mentido todo el tiempo, hemos compartido tantos momentos...momentos de toda una vida...
Se volvió lentamente dejando su rostro al descubierto. Su maquillaje había desaparecido dejando desnudo su rostro con todas las huellas del pasado sobre él.
Su ojos quisieron hablar antes que su voz....su débil voz....-"Eduardo es mi hermano".
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Aquella frase cayó como lluvia ácida sobre mi cuerpo. Me sentía confuso. Me despistó por un momento el primer rayo de sol que asomó tímido por entre las cortinas. Nuestra conversación había tomado una nueva trayectoria. Algunas de mis dudas se disipaban y al mismo tiempo engendraban otras de mayores dimensiones. -Nunca pensé que se fueran a complicar tanto las cosas. Se nos escapó de las manos- dijo Katia aprovechando el silencio en el que me había sumido. Mi mente no dejaba de darle vueltas a cada una de sus palabras que eran como un rompecabezas.
El pasado perverso se fijaba en mi mente ensañándose sin piedad. Secuencias compartidas que tanto placer me daba recordar y que hoy sentía como ajenas. Los momentos felices, las penas compartidas...: recuerdos pretéritos que ahora me avergonzaban. Las palabras de amor con que me propuse vestir cada despertar con Katia se teñían de rojo atravesando mi corazón. La traición de la persona que amas es una muerte en vida, y yo me sentí morir.
-"Nadie debía saberlo, y tú seguramente no habrías aceptado el puesto. Te necesitábamos, lo has podido comprobar tú mismo durante todos estos años. Siento haberte ocultado ésto durante tanto tiempo, yo también necesitaba decírtelo, pero podía resultar peligroso. No sabíamos cuál iba a ser tu reacción y había tanto en juego... Entenderé cualquiera que sea tu reacción pero quiero que sepas que te quiero, siempre te he querido y todo cuanto hemos compartido ha sido real. Podemos comenzar de nuevo, tal y como habíamos planeado...si quieres.
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De pronto su voz sonaba vacía, como un lejano murmullo, mi mente se negaba a aceptarlo, sentía naúseas, mentiras.....todo mentiras... Si lo hubiera sabido igual habría aceptado, porque yo la amaba, pero esto era superior a mí, no podía digerir todo esto; tomé mi chaqueta y me aproximé a la puerta; los pensamientos se agolpaban en mi mente, sin tregua, sin piedad... y, sin más, salí de casa, caminando despacio como un autómata, con la mente perdida en el pasado, llena de imágenes que como un flash aparecían ante mí y no me permitían ver lo que hacía...
Llegué sin darme cuenta hasta el puente y mientras cruzaba el río tuve la sensación de que alguien me seguía. No llevaba un rumbo fijo, así que no sabía si debía ponerme a correr hacia cualquier parte o esperar a ver si se confirmaba mi sospecha. Yo era una persona fuerte y emprendedora, pero cobarde. Eran ya más de las 11 de la mañana y había mucha gente por todas partes, ¿Qué podría sucederme a plena luz del día? Sin embargo, el sonido de aquellos pasos invisibles habían conseguido acaparar mi atención. Alguien me estaba siguiendo, pero ¿con qué fin?
Aceleré la marcha y, después de unos minutos, los pasos se fueron alejando hasta que se perdieron en la nada.
- Estoy paranoico - pensé.
Pensaba en Katia, en Eduardo y sus amenazas de las que, casi sin querer, ella formaba parte... También pensaba en él, con su amplia sonrisa, mirándome curioso desde el público. No creía que su presencia fuera casualidad. Nada lo había sido los últimos 20 años. Nada.
Necesitaba respuestas si quería recuperar mi vida y no volverme loco. Y sabía exactamente por dónde empezar a preguntar.
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Regresé a casa. Necesitaba una buena ducha para recuperar mi cuerpo después de tantas emociones. Sospechaba que Katia no iba a estar en casa y así fue. Busqué entre mis antiguas agendas de direcciones y no tardé en encontrar lo que buscaba. Preparé café mientras abría mi correo. Cientos de nuevos mensajes eran señal de que mi discurso no había dejado indiferente a casi nadie. Pero dos en concreto me llamaron la atención: uno era de Katia, lo había mandado hacía tan solo un par de horas. El otro era precisamente de quien yo andaba buscando.
Me impresionó saber que Katia me había mandado un mensaje. Me emocionó que aquel a quien yo estaba pensando en ir a buscar, hubiese venido a mí.
Katia no necesitaba mandarme mensajes; me podia decir las cosas a la cara...; mi mujer... ¿cómo no...?
Inconscientemente, eludí centrarme en su mensaje y abrí el de quien había venido a mí como acudiendo a una llamada de mi pensamiento.
"Creo que tienes un problema, esta tarde estaré en mi despacho. Un saludo". Thomas y yo éramos amigos desde la infancia, él había escogido la carrera de abogado y ahora era el presidente de uno de los bufetes más prestigiosos de París. Se había encargado durante toda mi trayectoria de solucionar todos los asuntos legales que acontecían, pero lo que realmente me gustaba de él es que era íntegramente objetivo y sus consejos te llevaban siempre al triunfo.
Tenía un coeficiente intelectual envidiable, aunque tenía también un secreto que muy pocos conocíamos.
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A continuación abrí el mensaje de Katia, en él sólo figuraba una dirección y un horario ¿Qué hacer? Aún dudaba de ella como para ir a su encuentro sin miedo
Necesitaba un poco de tiempo para pensar, pero no tenía mucho: quién sabe qué estaría tramando Eduardo para evitar mi marcha; él no tenía ni límites ni escrúpulos: su carencia de sensibilidad lo había llevado a sobrepasar en más de una ocasión los límites de la legalidad. Finalmente, mientras me vestía, decidí ir a ver a Thomas: era lo más prudente dadas las circunstancias; él seguro que encontraría la manera más idónea de actuar. Cuando llegué, me sorprendió encontrarme la puerta entreabierta: él era muy celoso de su vida y no permitía ningún fallo.
Era un edificio antiguo en el centro de la ciudad. Las puertas eran altas y majestuosas, parecía que te abrazaran al entrar: bordadas con vidrieras de colores, dibujaban un hermoso arcoíris sobre las escaleras del interior cuando el sol se abalanzaba sobre ellas. "Deberías reformar un poco este edificio, cada vez que vengo me parece cruzar por el túnel del tiempo", le repetía una y otra vez con el fin de que algún día se decidiera a romper con esa actitud clásica que le caracterizaba; pero nunca conseguí mi propósito, aunque él podía permitírselo sin duda.
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-¡Hola Thomas! Me he encontrado la puerta abierta, ¿ha pasado algo?- Thomas parecía nervioso y un poco desencajado, daba pasos sin rumbo fijo y no parecía estar muy centrado.- ¡Me han robado! Se acaba de ir la policía, por eso imagino que te has encontrado la puerta así. Esta mañana cuando he llegado, estaba todo revuelto como si buscaran alguna cosa. -¿Se han llevado dinero o algo de valor?- Le dije sin relajar la expresión de sorpresa que reflejaba mi rostro.- Todavía no lo sé, la caja fuerte no está abierta, así que dinero no se han llevado.
Me miró: ¿y tú qué haces aquí...? La última vocal casi no llegó a articularla. Se giró y con grandes zancadas desapareció por el pasillo... Escuché cajones que se abrían y cerraban... y su respiración angustiada. Cuando reapareció, venía con un gran archivador en las manos. Abierto, vacío... No tuve que preguntarle ni mirar el nombre que iba escrito en una pegatina. Nos quedamos mirándonos fíjamente. Mi respiración empezó también a angustiarse. Me faltaba aire, como si me hubiese quedado yo mismo vacío con la desaparición de todo aquello tan mío.
Las sombras del pasado comenzaron a danzar a mi alrededor. Como si se tratase de un viaje en el tiempo, mientras miraba a los ojos de Thomas, pude ver su misma mirada, hacía veinte años, advirtiéndome... "-No te conviene aceptar ese puesto. He estado estudiando minuciosamente las condiciones y lo tienen muy bien montado. Esta gente sabe lo que se hace y tiene las espaldas bien cubiertas Ya sé que para tí es muy buena oportunidad, pero ándate con mucho cuidado. ¿Sabes quién es uno de los mayores accionistas?"
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Qué pasa, ¿también quieres joderme esto? –le interrumpí con agresividad mal contenida. Thomas abrió los ojos acusando el golpe. Y en ese momento le odié, cómo le odié. Siempre tan paternalista, tan falsamente moralista, siempre sintiéndose tan superior a todos, pensé. Es mi oportunidad, es mi momento, lo que tiene es envidia, me dije, alimentando el fuego de mi resquemor para no verme obligado a escuchar. Apreté los dientes, di media vuelta y me fui. O sea, ahora lo sé, huí. Después de aquello pasamos diez años sin hablarnos.
-De acuerdo, vamos a tranquilizarnos un poco. - Thomas intentaba recuperar su propia integridad- Vamos a pensar con calma lo que vamos a hacer, dejaremos que la policía se encargue de buscar a los ladrones y nosotros vamos a cambiar la estrategia
- Pero Thomas - dije al despertar con sus palabras, -no tenemos tiempo: ¿cómo vamos a empezar ahora de cero? Ayer estaba denunciando a viva voz una banda fraudulenta totalmente blindado y hoy estoy desnudo como un recién nacido a sus expensas.
No podía esperar, no quería esperar, teníamos que hacer algo ya, pero ¿el qué?
...Y además está lo de Katia... ¿sabes qué secreto me desveló anoche mismo?- Thomas se volvió con cara de curiosidad
- ¿Secreto?, ¿con los años que lleváis juntos y te desvela ahora un secreto?- me dijo con tono de guasa, pensando que se trataba de una broma.
- Katia y Eduardo son hermanos - mi afirmación sonó seria y contundente.
- ¿Qué? ¿hermanos?... Katia y Eduardo... ¿hermanos? - Thomas repetía una y otra vez lo mismo, como para asegurarse de que había entendido bien. - ¡Eso explica muchas cosas!
- ¿Qué quieres decir?
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Las horas pasaban pero tenía la sensación de estar parado en el tiempo, como un reloj roto. Comenzaba a acusar el cansancio de tantas horas sin dormir y en mi mente las ideas daban vueltas sin sentido alguno. Cada noticia era peor que la anterior y producía un nuevo cambio en las hipótesis que era incapaz de ordenar.
- Te lo dije ya en su día, no era normal tanta insistencia en que aceptaras el puesto. Ahora ya estás en el punto de mira. Quizá suene mal de mi boca, amigo, pero mi opinión es que estás en medio de un complot y más vale que te prepares.
¿Prepararme cómo? Tenía que hacer algo y no sabía qué, pero sabía que tenía que ser rápido. Debía encontrar a Eduardo y sabía dónde buscarlo...con Katia. Seguro se encontrarían, pero ¿dónde?. Entonces recordé la dirección del mensaje. ¿Estaría todavía? ¿Qué sería ese lugar donde me había citado? ¿Sería una trampa? Sólo habría una forma de averiguarlo. Mi cuerpo ya no respondía, me sentía cansado, pero tenía que irme... -Thomas debo ir a buscar a Eduardo, préstame tu coche. -No puedes conducir así, no puedes ni siquiera mantenerte en pie. Iré contigo-
Y salimos del despacho con la intención de encontrar respuestas a un sinfín de interrogantes, como cuando éramos jóvenes y jugábamos a los detectives; pero ahora no se trataba de ningún juego, ni teníamos la certeza de poder mantener nuestra propia seguridad.
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Subimos al coche y le indiqué a Thomas el lugar al que teníamos que ir. No sabía con certeza qué encontraríamos allí, pero tenía la sensación de que era un buen lugar para empezar a buscar.
Thomas condujo todo el tiempo en silencio, tenso, sus manos estaban sudorosas...había algo que sabía y no me estaba contando.
-Esta bien, Thomas, ¿cuánto tiempo vas a aguantar sin contármelo?- Intenté animarle a desvelar el secreto que le torturaba, pero no tardé en arrepentirme de haberlo hecho. -Es que...hay algo que no sabes...-Suspiró en voz alta, tanto que me produjo un escalofrío. Pensé en hacer un "mutis" y olvidar mi propósito, pero toda la vida me había formado para solucionar problemas enfrentándome a ellos, no eludiéndolos. -En serio,no creo que puedas sorprenderme mucho más. Creo que estoy inmunizado contra las sorpresas inesperadas. -Créeme, no te va a gustar.
Era una contradicción: Thomas y yo habíamos dedicado mucho tiempo a recopilar pruebas para desmantelar toda la trama que Eduardo había creado en torno al fraude y la malversación de fondos. Thomas me apoyaba y juntos habíamos pasado diferentes épocas, pero las habíamos superado. Éramos como hermanos, se podría decir que no teníamos secretos y, sin embargo, sí que los había, y mucho más grandes de lo que jamás hubiera imaginado. -¿Por qué no acabamos con esto de una vez? Dime lo que me tengas que decir y ya está-. Comenzó despacio...
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La semana pasada recibí una llamada en mi despacho. Estaba solo, ya sabes que suelo quedarme hasta tarde, en fin, cogí el teléfono y me sorprendió escuchar la voz de Katia. Comenzó saludándome, como una llamada casual, y estuvimos charlando de cosas banales, de que si teníais previsto tomaros unas vacaciones, que si a ver cuando quedábamos para cenar, que si saludos para Claudia...; pero algo me decía que no había llamado sólo para saludar. Tuve la impresión de que lo que realmente necesitaba decirme se lo estaba callando. Y, poco antes de colgar me pidió
un consejo. Quería contarte algo, me dijo, pero no sabía cómo hacerlo. Algo que, por lo visto, había descubierto hacía tan sólo unos días. A ella parecía haberla afectado bastante. Le pregunté si se trataba de algún problema de salud, me aseguró que no tenía nada que ver con eso, pero que no me podía dar más detalles. Tampoco estaba muy segura de las consecuencias. Realmente estaba bastante confundida y yo no pude hacer mucho por ayudarla. Me hizo prometer que no te diría que habíamos estado hablando.
Creo que es tan víctima como tú, Gabriel.
Llovía y la lluvia aún hacía más cruda e ingrata la tarde. Empecé a reflexionar acerca de todo lo que Thomas me explicaba y por más que se lo buscaba, no encontraba sentido a sus palabras. -Ahora entiendo menos todo este rompecabezas: Eduardo me necesita y envía a Katia a engatusarme para formar parte de un negocio fraudulento, del cual yo, ignorante, he formado parte y ahora en poco tiempo descubro que Katia y Eduardo son hermanos, que estoy implicado hasta las cejas en su trama y que además hay alguna sorpresa más que desconozco. ¿Quién es la víctima?
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- Crees que conoces a una persona después de tantos años a su lado, compartiendo tantos momentos buenos y malos, y después resulta que se convierte por arte de magia en una perfecta extraña para ti.- Pensaba en voz alta sin darme cuenta. -Gabriel, no me refería a eso. Quizás sea mejor que hablemos con ella y nos aclare la situación. Ya empiezo a estar cansado con este lío. Si te parece vamos a la dirección que te ha dado a ver si la encontramos allí.- Me subí en el coche y nos pusimos de nuevo en marcha. Quería cerrar los ojos y volverme a despertar
de este mal sueño, que realmente empezó hacía ya veinte años, y que ahora había estallado con toda su crudeza. ¿Sabes?, siempre pensé que era un hombre realmente afortunado. Yo, que venía de una familia humilde, había conseguido llegar a lo más alto, me había casado con una mujer maravillosa, a la que amaba profundamente, y era un afamado hombre de negocios que dirigía una de las mayores multinacionales agroalimentarias del planeta. Llegué a ser elegido hombre del año por la prestigiosa revista Futuro, a la edad de 35 años, todo un récord.
Mi vida estaba repleta de éxitos que ahora se estaban desintegrando y alejando delante de mí sin que yo pudiera hacer nada para retenerlos. Quería luchar por ellos, pero cada paso que daba era como una trampa dentro de una pirámide egipcia y me hacía caer más bajo. -¡Venga, Gabriel!- La voz de Thomas me rescató de mis pensamientos. -¿Ya hemos llegado? pensaba que tardaríamos más. En la puerta estaba rotulado el nombre de Erika Vans. Aquel nombre me sonaba, pero no recordaba por qué. Pasamos. En la recepción había una chica joven y detrás una mampara
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que separaba aquel pequeño espacio de lo que parecía una gran sala. Estaba muy confuso, primero el nombre, después el lugar, todo me era demasiado familiar. La habitación tan solo estaba iluminada por una tenue luz amarillenta, y desprendía ese olor a rancio de recién pintado. Me sorprendió que estuviera prácticamente vacía, como si acabara de irse el camión de la mudanza. Sólo había un pequeño escritorio, una vieja silla y aquella enigmática chica, que, con una falsa sonrisa, me dijo: Sr. Klein, cuánto ha tardado, llevan esperándole toda una eternidad.
Intenté distraer la mirada para no parecer interesado, aunque me moría de ganas de resolver este entuerto. - Y, dígame, ¿quiénes llevan esperándome tanto tiempo, si se puede saber?- Esta vez no me contestó. Se limitó a sonreír mientras se alzaba de la silla y se contorneaba hasta llegar a una puerta que estaba entreabierta. No lograba sentir lo que decía, parecía como si transmitiera el mensaje. Tras un breve instante, la chica volvió zigzagueante hasta la recepción: -Pueden pasar- ¡Acabemos cuanto antes!, pensé, aunque al llegar a la puerta algo inesperado me paralizó.
Y allí estaba Bernard, la última persona que me esperaba encontrar. Primero, la noche del hotel, con aquel saludo amigable, y aquella mirada tan suya, y ahora aquí, en este lugar. ¿Qué tenia que ver él con toda esta historia? Hacía veinte años que había desaparecido de mi vida, después de aquella terrible discusión, no volvimos a saber nada de él, al menos yo. Me extendió la mano y, sin tenerlo muy claro, se la estreché. - Pasa, Gabriel. Cuando nos disponíamos a entrar, me dijo: - Tú sólo.- Thomas me dio una palmada en el hombro y me dijo: - Entra, te espero.
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Cerró la puerta, y empezamos a recorrer un largo pasillo. No conseguía ordenar todos los recuerdos que se agolpaban en mi mente: ¡eran tantas las vivencias compartidas con aquel hombre que ahora caminaba delante de mí! Bernard y yo fuimos compañeros de Universidad, compartíamos habitación en la residencia de estudiantes. Era el líder de todos nosotros, tenía el mejor expediente, era el capitán del equipo de rugby, lo tenía todo y yo lo admiraba. Recordaba, especialmente, el verano que me invitó a conocer a sus padres y a su novia de toda la vida, Katia.
Tenía motivos para odiarme. Él se había creado una vida perfecta y yo se la había pulverizado de una sola pasada. Sin embargo, su rostro no parecía el de quien perpetra una venganza. Caminaba delante de mí. Al final, me decidí a romper el silencio sepulcral que nos acompañaba. -Bernard, ¿está Katya aquí?- Aquella escena me recordó el momento en que el protagonista de alguna de las películas de Hitchcock seguía al mayordomo mudo y cabizbajo, incluso jorobado, aunque Bernard no fuera exactamente así. Después de mi fugaz paréntesi, volví a la realidad.
Hicimos el camino acompañados de una música clásico-moderna que sonaba por los altavoces del hilo musical. Aunque no era la clase de música que me gustaba escuchar, agradecí no hacer aquel recorrido en silencio. Me disponía a volver a preguntar a Bernard sobre Katia, cuando de repente se abrió una de las puertas que acabábamos de pasar de largo. Bernard y yo nos giramos al unísono y delante de mí apareció Erika Vans. Ahora ya sabía de qué me resultaba familiar aquel nombre. -¡Hola Gabriel!.- Me besó ambas mejillas y yo no pude reaccionar. -¡E..ry..ka!
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Miré hacia Bernard con el ánimo de hallar alguna explicación, aunque sólo fuera en su expresión, pero no encontré nada. Mostraba la inquietud del que tiene prisa por marcharse. Eryka también captó su mensaje y se apresuró: - Vámonos, Gabriel, iremos hablando por el camino.- Yo caminaba en silencio, escuchaba atento las palabras de Eryka que, emocionada, iba rememorando de nuevo algunas anécdotas del pasado e iba iluminando, de vez en cuando, con alguna efímera sonrisa mi rostro. Pero yo aún estaba en estado de shock y sólo podía pensar en Eryka y Katia aquí juntas.
- Gabriel, ¿me estás escuchando?- Eryka presintió mi ausencia. -Perdona..., sí, sí...es que hace demasiadas horas que estoy despierto y comienzo a notar el cansancio.- Me disculpé. - De acuerdo; pasa, por favor, que te presentaré.- Al entrar en aquella sala me sentí como un reo al que van a ajusticiar. Eryka comenzó las presentaciones: - El inspector Daniel Bretón, los agentes especiales Dominique Lissette y Peter Dorsó y nuestra colaboradora, a la cual ya debes conocer, ¿verdad?- Katia estaba radiante, aquel leve rubor en sus mejillas aún la embellecía más.
Ensimismado por la belleza de Katia, me dejé llevar hasta una silla de madera, a la vez que me ofrecían amablemente que me sentara. Los silencios eran eternos,como si los ángeles no acabaran de pasar nunca. Las miradas penetrantes e inquisidoras me infundían temor, al tiempo que me encogía de hombros preguntándome una y otra vez qué narices hacía yo en medio de ese tribunal policíaco. Podía notar la respiración de cada uno de los presentes, sobre todo la del agente Dorsó que, debido al sobrepeso, jadeaba y se secaba el sudor constantemente al lado de un ventilador.
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Demasiadas horas sin dormir, demasiadas emociones encadenadas. Me preguntaba qué era lo que querían de mí, cuando el monótono y repetitivo zumbido del ventilador captó mi atención. La voz de Katia sonaba profunda y distante: -¡Gabriel! ¿Te encuentras bien?- Sentí cómo un sudor frío recorría mi espalda, mientras intentaba responder con la mirada a los presentes. -Creo que mi cabeza agradecería una aspirina.- Noté que perdía el equilibrio. Lo último que recuerdo es a Katia pidiendo ayuda con un grito ahogado.