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Capítulo 1

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“Una buena parte del arte del bien hablar consiste en saber mentir con gracia”. Así rezaba una cita de Erasmo de Rotterdam que encontré entrecomillada en un viejo cuaderno de notas. Toda una señal del cielo, me dije, mientras arrancaba la hoja y la guardaba en el bolsillo izquierdo de mi esmoquin. Espera y verás, querida.

Al fin había encontrado la clave para mi discurso de esa noche. Hasta ahora me torturaba pensar en ese momento, al final de la cena, en el que todas las miradas estarían clavadas en mí, inquisidoras y curiosas unas, asustadas otras. Y la que más me importaba, la de mi querida Katia, siempre ingenua e inocente, sólo buscaría sentirse, una vez más, orgullosa de mí. Ella buscó por toda la ciudad el esmoquin más elegante para la que siempre pensó que sería una noche triunfal. No podía imaginar la realidad que había detrás de aquella cena tan especial.

Y ahí me encontraba, minutos antes de salir, sentado en la cama junto a tres vestidos que Katia decidiría finalmente no vestir en la cena, repasando una y otra vez en mi cabeza lo que sucedería esa noche. A lo lejos se escuchaban los tacones de Katia acercándose. Me levanté y fui hacia ella, quien dulcemente, acomodó mi corbata debajo del cuello de la camisa y tomó mi mano. "Vamos, es tarde" -dijo mientras salimos.

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Katia estaba deslumbrante. Una combinación de elegancia y naturalidad que me recordó el primer día que nos conocimos en aquella antigua librería de Londres. Absorto en estos pensamientos tan gratos, bajábamos en el ascensor cuando vi en el lateral de su bolso una tarjeta que asomaba y que tenía un logotipo que me era vagamente familiar. Horrorizado, me vino a la mente por qué lo recordaba. Era del hotel donde comenzaron los sucesos que, esta noche, iban a estallar durante mi discurso ante el Consejo de Administración y los mayores accionistas.

Sentí un sudor frío, cerrando cada poro de mi piel, las piernas comenzaron a temblarme... La memoria traicionera hacía presente el episodio que había sido un parteaguas en mi vida. El viejo ascensor tocó suelo dando un pequeño saltito de rebote. Me esforcé para que Katia no notase mi inseguridad por miedo a defraudarla. Cuando salimos, buscando un taxi, empezaba a oscurecer. Al horizonte, entre barrocos edificios, un anochecer espectacular trajo mi mente instantáneamente al momento presente. Respiré profundo, tomé la firme mano de Katia y sentí amor.

El tráfico era muy intenso y se hacía difícil distinguir los taxis. Tras un rato de espera Katia sugirió ir caminando. "¿Así?, ¿tan elegantes?", dije. "¿Por qué no? Disfrutemos de la ciudad y que ella disfrute de nosotros", contestó ella con tono insinuante mientras me llevaba de la mano hacia el centro de la acera. Aunque nadie parecía fijarse en nosotros, disfrutaba a su lado, imaginando la admiración que una mujer tan atractiva y elegante producía al pasar. Suponía, sin hacer por comprobarlo, cómo los hombres se girarían para ver cómo se alejaba.

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Mi mente no hacía más que transitar entre un futuro incierto, desconcertante, temeroso y un pasado abrumador, confuso. Lo único que tenía era aquel momento junto a ella, en el que caminábamos ágiles y expectantes hacia un lugar al que no quería llegar. Hubiese preferido que ese trayecto se perpetuase en el tiempo y sólo fuésemos nosotros dos, caminando livianos y joviales. Sin embargo, el destino inexorable me amenazaba punzante. Mi corazón comenzó a latir con agresividad y nuevamente recordé de lo que me esperaba. Estábamos frente al hall de entrada.

El tiempo se detuvo y el jadeo de mi respiración se solapaba con el sonido del roce del fieltro de la puerta giratoria.Una vez dentro,entrecruzamos las miradas,nuevamente.Y tras una leve mueca de complacencia, avanzamos decididamente hacia el mostrador de entrada.El sonido de los tacones de Katia marcaba los tiempos como el reloj de la plaza.Doce campanadas y el timbre de aviso de información distorsionaron el murmullo ambiental que acompasaba las notas de la primavera de Vivaldi.Ajeno a toda realidad,el roce de unos dedos en mi hombro me hizo estremecer

"Buenas noches querido amigo". Esa voz me era familiar. "Cómo pasan los años", continuó mientras yo giraba lentamente sobre mis temblorosas piernas. Sabía que esa noche los saludos serían incesantes y que unos serían más agradables que otros. Ese momento jamás me lo podía haber imaginado de esa manera. Pero ahí estaba, tras 20 años, en frente de mí, sonriendo, esperando a que le abrazara, sin una gota de rencor en su mirada, al menos eso fue lo que me transmitió cuando logré girarme del todo y fijar mi pupila en la suya. "No pensé encontrarte aquí", dije.

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Lo apropiado era sonreír y responderle de forma educada como tantas otras veces en el pasado. Al fin y al cabo, casi siempre se sentía protagonista y esa noche yo era el centro de atención. Simplemente sonreí y enseguida busqué otros ojos con los que conectar: "¿Me disculpas?, me están esperando", añadí mientras me alejaba hacia el interior del salón. Estaba acostumbrado a satisfacer siempre su ego. Su intensa mirada y mueca aprendida en tantos y tantos encuentros de gente bien expresaron con toda claridad lo profundamente dolido que se sentía.

Katia, visiblemente confundida, aceleró su paso para poder seguirme. Los invitados se agolpaban a ambos lados de la entrada del salón principal y el movimiento brusco de unos fotógrafos centró sus miradas en mí. El silencio de sus voces amplificaba la música ambiental y a nuestro paso fueron abriéndose en abanico como si de un baile real se tratara. Un sentimiento contrapuesto de rubor y placer invadió mi cuerpo y solamente el acto reflejo de la mano de Katia presionando mi antebrazo me hizo recordar el verdadero motivo por el que nos encontrábamos allí.

Y lentamente los ruidos fueron apagándose, o por lo menos dejé de escucharlos. Claramente miré hacia mi lugar y como un autómata dí unos pasos hacia los escalones que me acercaban al estrado. Katia se había quedado atrás, para poder observarlo todo desde abajo. Al subir, de pronto, tuve otra perspectiva de las cosas. Todos los allí reunidos me eran de una o de otra forma familiares: el presentador decía palabras que no escuchaba, aplausos que me parecían lejanos.... el momento había llegado..... pero, ¿podría decir todo aquello que era necesario decir?

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Inspiré profunda pero silenciosamente. Observé detenidamente la sala y a todos los que allí estaban y, mientras se iba haciendo el silencio, agolpé todas mis ideas en la punta de mi lengua. Luego, clavé mis ojos en los ojos de Katia y, entonces, las organicé. Pero recuerdo que justo antes de empezar a hablar, al tiempo que me palpaba leve e inconscientemente el esmoquin, noté la presencia de aquel papel donde estaba escrita aquella cita. Y mientras convincentemente iba desgranando las consabidas palabras de reconocimiento y gratitud hacia los presente, me daba cuenta de que ya, en eso mismo, la frase de Erasmo de Rotterdan había encontrado un perfecto ejemplo en mi discurso.

Amigos míos, he meditado mucho la manera de empezar este discurso con el ánimo de obtener el máximo grado de satisfacción de cada uno de vosotros; no obstante, he llegado a la conclusión de que para llegar a alcanzar mi deseo debería concebir uno a medida de las necesidades de cada uno de los presentes y, es obvio, que no lo voy a hacer. No obstante, creo haber encontrado la fórmula que, si bien no os llevará a alcanzar el clímax, estoy plenamente convencido de que, por lo menos, os dejará un buen sabor de boca y un recuerdo muy especial de esta noche.

Mientras pronunciaba estas palabras, mis ojos no acompañaban; mi mente tampoco. Ellos, vagabundeaban, de un lado al otro de la sala, inquietos, melosos, desafiantes. No se detenían ni un par de segundos en ninguno de los expectantes oyentes y evitaban, por distintos motivos, posarse en Katia o dirigirse a él. ¿Y m imente? Ella estaba aturdida, sin poderlo evitar repasaba detalle a detalle aquella noche hacía justo hoy tres años.. Había escuchado tantos discursos y preparado tan minuciosamente este, que mi boca hablaba sola.

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... Sin embargo, ésta no era como en otras ocasiones un discurso común. No se trataba ni mucho menos de otra conferencia más. Aunque hablaba como un autómata mi corazón iba por su lado, a gran velocidad casi descontrolado, y paré para darle un poco de tregua, apenas un par de segundos, justo el tiempo necesario para tomar resuello y continuar. Aunque no me detenía en ninguno de ellos, sí podía ver las caras de asombro y sorpresa entre los asistentes, muchos de ellos buenos amigos. Pero la decisión estaba tomada.

No había vuelta atrás, no me lo permitía, tampoco Katia y menos él; así que continué: “Lo que os voy a deciros es sin duda la decisión más importante que he tomado durante estos 20 años de leal servicio; mi puesto ya no me corresponde, abandono la compañía.” Intentando ignorar lo escandalizados que estaban muchos de los presentes, volví a mirar en los ojos de Katia en busca de consuelo, su mirada siempre me daba lo que necesitaba, esta vez me transmitía que estaba haciendo lo correcto. Luego volví a mirarlo a él, después de tantos años me atreví a hacer

lo que nunca nadie antes se había atrevido. Aunque había sido fundador de la compañía y su presidente desde su inicio, nadie, ni siquiera yo mismo, había tenido el suficiente valor de desenterrar las vergüenzas sobre las que habíamos edificado el triunfo de nuestro imperio... Sería nuestro fin, y sin embargo me sentía liberado, extrañamente tranquilo. Además se lo debía a ella, Katia estaba esperando y se lo había prometido. Volví a abrir la boca para comenzar a hablar y

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mis palabras seguían rompiendo a jirones el silencio sepulcral de la sala. Unos secaban el sudor de su frente, desbordados por la desesperación, otros alzaban arrogantes el cuello marcando una engañosa impasibilidad y otros estallaban en júbilo viéndose portadores de la noticia de la semana, tal y como supuse, nadie saldría indiferente esa noche, ni tan siquiera yo, no obstante las repercusiones que mi declaración desencadenarían alcanzarían una envergadura que jamás hubiera imaginado, pese a que era consciente de que ya nada volvería a ser como antes.

Entonces, me lancé. - Hace veinte años llegué hasta este lugar desde donde hablo y que ahora abandono. Son muchos años. Sin embargo, todo ellos se pueden resumir, abreviar, condensar, en lo que pasó durante ese año en que fui elegido para dirigir esta casa... Hice una pausa. Apenas recordaba en ese momento hechos concretos, pero una oleada de sensaciones me dejaban sin respiración. ... algunos ya estabais, seguís a pesar de todo como yo.... como yo. Y está Katia, como también estaba entonces, y está él. ¿Qué fue lo que pasó en esos meses...?

Estuve hablando casi una hora. Todo lo que dije me vació por dentro. Ignoro si muchas de las personas que estaban allí percibieron el lavado moral que me estaba haciendo; desconozco si durante esa hora pensaron en otra cosa que en quién me habría de suceder. Pero, en todo caso, hubo dos, al menos dos, que me atendieron profundamente. Fue suficiente para mí, pues era a ellos en realidad a quien me dirigía: hay una edad en que uno se da cuenta de que todo lo hace por alguien que no es uno. Cuando acabé, salí de la sala. Ellos dos, detrás de mí.

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El desconcierto general se apoderó de los presentes.Un ronroneo bullicioso que perdia su intensidad a medida que me alejaba y que la estridencia de un portazo sesgó bruscamente.¿donde crees que vas? Las palabras consiguieron espantarme.Sentí,por un momento, el frío del miedo que me dejó paralizado.Sabía que debía de enfrentarme a mi destino,pero no podía.Intente tranquilizarme,respiré y en un alarde de valentía fingida decidí girarme.¿Piensas que puedes irte así,sin más?Reconozco que la duda me invadió.Trás un instante de reflexión,decidí sincerarme.

“Lo siento viejo amigo, no hay marcha atrás. Esto tiene que acabar”. Le dije intentando que no me temblara la voz. Él, antes de contestarme, levantó la ceja y esbozó media sonrisa. No era la primera vez que veía esa expresión en su rostro y jamás traía nada bueno. –“Estás muy equivocado si crees que vas a abandonar el barco sin más....”. Hizo una pausa, con un pañuelo blanco limpiaba las lentes de sus gafas, mientras sonreía y negaba con la cabeza. Continuó, “Tú mejor que nadie sabes de lo que soy capaz cuando me traicionan… . “.

Todos los recuerdos, desde la época en que comenzamos, se agolparon en mi mente justo en este momento en que estaba ante la encrucijada que marcaba el final de mi participación en todo aquello. Al mirar su cara y escuchar su voz, de pronto recordé los inicios, cuando vino a ofrecerme algo que yo consideraba una oportunidad; qué lejos estaba todo aquello, nunca imaginé en aquel entonces que yo me vería involucrado en todo esto: poco a poco fui aceptando, ignorando, permitiendo y, al final, había participado tanto como los otros, pero no más... lo miré y

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superando mis nervios y el desaliento que me producía alejarme de aquella empresa que había sido mi vida, le devolví su pregunta con otra: ¿Por qué crees necesario que me quede? ¿No has demostrado ya tu autosuficiencia para manejar los proyectos a tu antojo? ¿O necesitas compartir responsabilidades para sentir que todo lo puedes? Katia hundió sus dedos en mi costado suavemente... Me giré hacia ella. ¿Nos vamos mi amor?, creo que Eduardo necesita tomar decisiones sobre el futuro de esta empresa. Lo miré a los ojos desafiante. Era obvio que le había

desafiado y que no sería fácil salir airoso de eso, pero eso ya lo vería mañana, ahora era momento de volver a casa con Katia y replantearnos como seguir nuestra vida.

Una primera sensación de alivio se vio enturbiada por el recuerdo repentino de la imagen de la tarjeta asomando en su bolso. ¿Por qué razón todavía la conservaba?

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Se lo había prometido y allí estaba, a su lado, partiendo pausadamente después de sumarme una victoria en mi transformación. Sin embargo presentía que alguna cosa no marchaba bien. Katia me había animado, me había apoyado incondicionalmente durante toda mi carrera e incluso ese mismo día me había expresado cariñosas palabras de ánimo, siempre tan perfectas, siempre tan leales que me sentía incómodo incluso sólo al considerar la más efímera duda sobre ella. -Estás muy callada, ¿en qué estás pensando? Le pregunté con la esperanza de no hallar respuesta.

No me contestó.Tan sólo esbozó una leve mueca disfrazada de sonrisa que no supe o quizás no quise interpretar.Una ligera brisa hacía balancear su flequillo acompasadamente,escondiendo su mirada emocionada.Su voz ,entrecortada,se mezcló con los cuartos que dio el reloj de la torre.No entendí lo que me dijo,o quizás no quise tampoco entenderla.Su boca,sus ojos,su expresión no presagiaban nada bueno.Katia,la misma persona que instantes antes me irradiaba toda su energía positiva,ahora me contrariaba con su enigmática expresión.

Intenté cerrar los ojos y recordar cada instante, cada detalle de aquella reunión en el hotel. Iba a ser un encuentro más como tantos otros con nuestros colaboradores en Paris. Un problema durante la restauración del edificio que albergaba las oficinas centrales en la ciudad les obligó a desalojarlas temporalmente e instalarse en unos locales de alquiler, por lo que la reunión tendría lugar en la suite de un céntrico hotel de la ciudad. En un principio nos resultó extraña su insistencia en mantener nuestra cita en la fecha señalada.

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Pero desde la Central siempre habíamos insistido en la eficacia del tiempo, en resolver con capacidad y eficiencia cualquier inconveniente. Si, pensándolo bien era mejor no postergar la reunión por falta de espacio. Llegué al hotel directamente desde el aeropuerto, el conserje se apresuró a abrir la puerta del taxi, había sido advertido de mi llegada. Alguien me acompañó hasta la última planta, donde se encontraba la suite, rodeada de una terraza que permitía admirar toda la ciudad.

¿dónde estás?, preguntó Katia sacándome de mi ensimismamiento. - En París, en una suite con vistas a la ciudad. Me miró, interrogante, supe que ella sabía perfectamente de lo que estaba hablando pero quería oírme antes. Era la primera vez que nos desencontrábamos, que nuestra conversación no era el preludio de un largo entendimiento. Me estremecí. Cogimos un taxi que nos llevó hasta la puerta de casa

Algunas personas ya estaban sentadas alrededor de una mesa con carpetas y papeles desparramados, otras hablaban animadamente en pequeños grupos. Apenas entré todos callaron y fijaron la vista en mí, quietos como si hubieran estado esperando una señal que les indicara cómo seguir. Fue en ese momento que noté al hombre en la terraza, caminaba y agitaba los brazos hablando con una figura invisible desde el sitio donde yo estaba. - Ahora eres tú el que permanece callado,

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Descendimos. Cada uno por su lado del taxi y me vino a la mente la idea que esto mostraba muy bien lo que había sucedido. Comprendí, por fin, que mi jornada con Katia había llegado a una encrucijada. Caminos que se separan y destinos diferentes. Lo que no había entendido era la terrible realidad. La traición empezaba a perfeccionarse y me envolvía como una red que no me dejaba intersticios libres. Me sofocaba y, eventualmente, podría significar mi fin y el de todo lo que amaba. Sentí que me encaminaba a la desolación y que no podía evitarla.

Subimos en el ascensor y, al volver a ver, una vez más, la tarjeta sobresaliendo de su bolso, no pude reprimirme: - Katia... Me miró fijamente a través del reflejo del espejo. - ... por qué llevas esa tarjeta en el bolso? No le pregunté qué hacía aquel día en el hotel; no le pregunté por qué estaba allí y por qué estaba allí haciendo algo a mis espaldas. No. Le pregunté por qué la tarjeta. Por qué quería que yo supiese que aquella persona era ella...

- Por qué... Llegamos a la planta que nos correspondía y dejó de hablar. Nos acercamos a la puerta del piso. Ella delante, yo detrás anhelante. ¿Por qué, por qué...? iba pensando. Abrió con sus llaves, entró y cuando se giró para sostener la puerta y cerrarla después de que yo pasase, continuó. - ... porque no sabía cómo decírtelo.

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Empezó a sollozar y su llanto me embriagó de dolor y tristeza. Era verdad. Todo lo que mi mente había cavilado buscando una respuesta y ahora sus labios estaban cerciorando mis suposiciones. Casi no me escuché a mi mismo, pero en un último suspiro de entereza le pregunte:- Decirme, ¿el qué?, Necesitaba oírselo decir a ella. No me miraba y eso me inquietaba más aún, pero ya lo daba todo por perdido así que volví a insistir -¿el qué, Katia? Decir ¿el qué?.

La imagen de aquella mujer, invisible en un primer momento, regresó a mi cabeza. Aquella primera impresión de que su espalda me resultaba familiar... Esa misma espalda, ahora frente a mí, que no me atrevía a tocar. De repente me pareció el ser más frágil del Universo, como si al rozarle fuera a romperse en mil añicos...

Más de veinte años juntos y ahora la veía como una completa desconocida... "¿Cómo he podido estar tan ciego? ¿ Desde cuándo formas parte de esto? ¿Cómo has podido hacerme algo así? No me creo que me hayas mentido todo el tiempo, hemos compartido tantos momentos...momentos de toda una vida... Se volvió lentamente dejando su rostro al descubierto. Su maquillaje había desaparecido dejando desnudo su rostro con todas las huellas del pasado sobre él. Su ojos quisieron hablar antes que su voz....su débil voz....-"Eduardo es mi hermano".

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Aquella frase cayó como lluvia ácida sobre mi cuerpo. Me sentía confuso. Me despistó por un momento el primer rayo de sol que asomó tímido por entre las cortinas. Nuestra conversación había tomado una nueva trayectoria. Algunas de mis dudas se disipaban y al mismo tiempo engendraban otras de mayores dimensiones. -Nunca pensé que se fueran a complicar tanto las cosas. Se nos escapó de las manos- dijo Katia aprovechando el silencio en el que me había sumido. Mi mente no dejaba de darle vueltas a cada una de sus palabras que eran como un rompecabezas.

El pasado perverso se fijaba en mi mente ensañándose sin piedad. Secuencias compartidas que tanto placer me daba recordar y que hoy sentía como ajenas. Los momentos felices, las penas compartidas...: recuerdos pretéritos que ahora me avergonzaban. Las palabras de amor con que me propuse vestir cada despertar con Katia se teñían de rojo atravesando mi corazón. La traición de la persona que amas es una muerte en vida, y yo me sentí morir.

-"Nadie debía saberlo, y tú seguramente no habrías aceptado el puesto. Te necesitábamos, lo has podido comprobar tú mismo durante todos estos años. Siento haberte ocultado ésto durante tanto tiempo, yo también necesitaba decírtelo, pero podía resultar peligroso. No sabíamos cuál iba a ser tu reacción y había tanto en juego... Entenderé cualquiera que sea tu reacción pero quiero que sepas que te quiero, siempre te he querido y todo cuanto hemos compartido ha sido real. Podemos comenzar de nuevo, tal y como habíamos planeado...si quieres.

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De pronto su voz sonaba vacía, como un lejano murmullo, mi mente se negaba a aceptarlo, sentía naúseas, mentiras.....todo mentiras... Si lo hubiera sabido igual habría aceptado, porque yo la amaba, pero esto era superior a mí, no podía digerir todo esto; tomé mi chaqueta y me aproximé a la puerta; los pensamientos se agolpaban en mi mente, sin tregua, sin piedad... y, sin más, salí de casa, caminando despacio como un autómata, con la mente perdida en el pasado, llena de imágenes que como un flash aparecían ante mí y no me permitían ver lo que hacía...

Llegué sin darme cuenta hasta el puente y mientras cruzaba el río tuve la sensación de que alguien me seguía. No llevaba un rumbo fijo, así que no sabía si debía ponerme a correr hacia cualquier parte o esperar a ver si se confirmaba mi sospecha. Yo era una persona fuerte y emprendedora, pero cobarde. Eran ya más de las 11 de la mañana y había mucha gente por todas partes, ¿Qué podría sucederme a plena luz del día? Sin embargo, el sonido de aquellos pasos invisibles habían conseguido acaparar mi atención. Alguien me estaba siguiendo, pero ¿con qué fin?

Aceleré la marcha y, después de unos minutos, los pasos se fueron alejando hasta que se perdieron en la nada. - Estoy paranoico - pensé. Pensaba en Katia, en Eduardo y sus amenazas de las que, casi sin querer, ella formaba parte... También pensaba en él, con su amplia sonrisa, mirándome curioso desde el público. No creía que su presencia fuera casualidad. Nada lo había sido los últimos 20 años. Nada. Necesitaba respuestas si quería recuperar mi vida y no volverme loco. Y sabía exactamente por dónde empezar a preguntar.

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Regresé a casa. Necesitaba una buena ducha para recuperar mi cuerpo después de tantas emociones. Sospechaba que Katia no iba a estar en casa y así fue. Busqué entre mis antiguas agendas de direcciones y no tardé en encontrar lo que buscaba. Preparé café mientras abría mi correo. Cientos de nuevos mensajes eran señal de que mi discurso no había dejado indiferente a casi nadie. Pero dos en concreto me llamaron la atención: uno era de Katia, lo había mandado hacía tan solo un par de horas. El otro era precisamente de quien yo andaba buscando.

Me impresionó saber que Katia me había mandado un mensaje. Me emocionó que aquel a quien yo estaba pensando en ir a buscar, hubiese venido a mí. Katia no necesitaba mandarme mensajes; me podia decir las cosas a la cara...; mi mujer... ¿cómo no...? Inconscientemente, eludí centrarme en su mensaje y abrí el de quien había venido a mí como acudiendo a una llamada de mi pensamiento.

"Creo que tienes un problema, esta tarde estaré en mi despacho. Un saludo". Thomas y yo éramos amigos desde la infancia, él había escogido la carrera de abogado y ahora era el presidente de uno de los bufetes más prestigiosos de París. Se había encargado durante toda mi trayectoria de solucionar todos los asuntos legales que acontecían, pero lo que realmente me gustaba de él es que era íntegramente objetivo y sus consejos te llevaban siempre al triunfo. Tenía un coeficiente intelectual envidiable, aunque tenía también un secreto que muy pocos conocíamos.

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A continuación abrí el mensaje de Katia, en él sólo figuraba una dirección y un horario ¿Qué hacer? Aún dudaba de ella como para ir a su encuentro sin miedo

Necesitaba un poco de tiempo para pensar, pero no tenía mucho: quién sabe qué estaría tramando Eduardo para evitar mi marcha; él no tenía ni límites ni escrúpulos: su carencia de sensibilidad lo había llevado a sobrepasar en más de una ocasión los límites de la legalidad. Finalmente, mientras me vestía, decidí ir a ver a Thomas: era lo más prudente dadas las circunstancias; él seguro que encontraría la manera más idónea de actuar. Cuando llegué, me sorprendió encontrarme la puerta entreabierta: él era muy celoso de su vida y no permitía ningún fallo.

Era un edificio antiguo en el centro de la ciudad. Las puertas eran altas y majestuosas, parecía que te abrazaran al entrar: bordadas con vidrieras de colores, dibujaban un hermoso arcoíris sobre las escaleras del interior cuando el sol se abalanzaba sobre ellas. "Deberías reformar un poco este edificio, cada vez que vengo me parece cruzar por el túnel del tiempo", le repetía una y otra vez con el fin de que algún día se decidiera a romper con esa actitud clásica que le caracterizaba; pero nunca conseguí mi propósito, aunque él podía permitírselo sin duda.

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-¡Hola Thomas! Me he encontrado la puerta abierta, ¿ha pasado algo?- Thomas parecía nervioso y un poco desencajado, daba pasos sin rumbo fijo y no parecía estar muy centrado.- ¡Me han robado! Se acaba de ir la policía, por eso imagino que te has encontrado la puerta así. Esta mañana cuando he llegado, estaba todo revuelto como si buscaran alguna cosa. -¿Se han llevado dinero o algo de valor?- Le dije sin relajar la expresión de sorpresa que reflejaba mi rostro.- Todavía no lo sé, la caja fuerte no está abierta, así que dinero no se han llevado.

Me miró: ¿y tú qué haces aquí...? La última vocal casi no llegó a articularla. Se giró y con grandes zancadas desapareció por el pasillo... Escuché cajones que se abrían y cerraban... y su respiración angustiada. Cuando reapareció, venía con un gran archivador en las manos. Abierto, vacío... No tuve que preguntarle ni mirar el nombre que iba escrito en una pegatina. Nos quedamos mirándonos fíjamente. Mi respiración empezó también a angustiarse. Me faltaba aire, como si me hubiese quedado yo mismo vacío con la desaparición de todo aquello tan mío.

Las sombras del pasado comenzaron a danzar a mi alrededor. Como si se tratase de un viaje en el tiempo, mientras miraba a los ojos de Thomas, pude ver su misma mirada, hacía veinte años, advirtiéndome... "-No te conviene aceptar ese puesto. He estado estudiando minuciosamente las condiciones y lo tienen muy bien montado. Esta gente sabe lo que se hace y tiene las espaldas bien cubiertas Ya sé que para tí es muy buena oportunidad, pero ándate con mucho cuidado. ¿Sabes quién es uno de los mayores accionistas?"

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Qué pasa, ¿también quieres joderme esto? –le interrumpí con agresividad mal contenida. Thomas abrió los ojos acusando el golpe. Y en ese momento le odié, cómo le odié. Siempre tan paternalista, tan falsamente moralista, siempre sintiéndose tan superior a todos, pensé. Es mi oportunidad, es mi momento, lo que tiene es envidia, me dije, alimentando el fuego de mi resquemor para no verme obligado a escuchar. Apreté los dientes, di media vuelta y me fui. O sea, ahora lo sé, huí. Después de aquello pasamos diez años sin hablarnos.

-De acuerdo, vamos a tranquilizarnos un poco. - Thomas intentaba recuperar su propia integridad- Vamos a pensar con calma lo que vamos a hacer, dejaremos que la policía se encargue de buscar a los ladrones y nosotros vamos a cambiar la estrategia - Pero Thomas - dije al despertar con sus palabras, -no tenemos tiempo: ¿cómo vamos a empezar ahora de cero? Ayer estaba denunciando a viva voz una banda fraudulenta totalmente blindado y hoy estoy desnudo como un recién nacido a sus expensas. No podía esperar, no quería esperar, teníamos que hacer algo ya, pero ¿el qué?

...Y además está lo de Katia... ¿sabes qué secreto me desveló anoche mismo?- Thomas se volvió con cara de curiosidad - ¿Secreto?, ¿con los años que lleváis juntos y te desvela ahora un secreto?- me dijo con tono de guasa, pensando que se trataba de una broma. - Katia y Eduardo son hermanos - mi afirmación sonó seria y contundente. - ¿Qué? ¿hermanos?... Katia y Eduardo... ¿hermanos? - Thomas repetía una y otra vez lo mismo, como para asegurarse de que había entendido bien. - ¡Eso explica muchas cosas! - ¿Qué quieres decir?

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Las horas pasaban pero tenía la sensación de estar parado en el tiempo, como un reloj roto. Comenzaba a acusar el cansancio de tantas horas sin dormir y en mi mente las ideas daban vueltas sin sentido alguno. Cada noticia era peor que la anterior y producía un nuevo cambio en las hipótesis que era incapaz de ordenar. - Te lo dije ya en su día, no era normal tanta insistencia en que aceptaras el puesto. Ahora ya estás en el punto de mira. Quizá suene mal de mi boca, amigo, pero mi opinión es que estás en medio de un complot y más vale que te prepares.

¿Prepararme cómo? Tenía que hacer algo y no sabía qué, pero sabía que tenía que ser rápido. Debía encontrar a Eduardo y sabía dónde buscarlo...con Katia. Seguro se encontrarían, pero ¿dónde?. Entonces recordé la dirección del mensaje. ¿Estaría todavía? ¿Qué sería ese lugar donde me había citado? ¿Sería una trampa? Sólo habría una forma de averiguarlo. Mi cuerpo ya no respondía, me sentía cansado, pero tenía que irme... -Thomas debo ir a buscar a Eduardo, préstame tu coche. -No puedes conducir así, no puedes ni siquiera mantenerte en pie. Iré contigo-

Y salimos del despacho con la intención de encontrar respuestas a un sinfín de interrogantes, como cuando éramos jóvenes y jugábamos a los detectives; pero ahora no se trataba de ningún juego, ni teníamos la certeza de poder mantener nuestra propia seguridad.

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Subimos al coche y le indiqué a Thomas el lugar al que teníamos que ir. No sabía con certeza qué encontraríamos allí, pero tenía la sensación de que era un buen lugar para empezar a buscar. Thomas condujo todo el tiempo en silencio, tenso, sus manos estaban sudorosas...había algo que sabía y no me estaba contando.

-Esta bien, Thomas, ¿cuánto tiempo vas a aguantar sin contármelo?- Intenté animarle a desvelar el secreto que le torturaba, pero no tardé en arrepentirme de haberlo hecho. -Es que...hay algo que no sabes...-Suspiró en voz alta, tanto que me produjo un escalofrío. Pensé en hacer un "mutis" y olvidar mi propósito, pero toda la vida me había formado para solucionar problemas enfrentándome a ellos, no eludiéndolos. -En serio,no creo que puedas sorprenderme mucho más. Creo que estoy inmunizado contra las sorpresas inesperadas. -Créeme, no te va a gustar.

Era una contradicción: Thomas y yo habíamos dedicado mucho tiempo a recopilar pruebas para desmantelar toda la trama que Eduardo había creado en torno al fraude y la malversación de fondos. Thomas me apoyaba y juntos habíamos pasado diferentes épocas, pero las habíamos superado. Éramos como hermanos, se podría decir que no teníamos secretos y, sin embargo, sí que los había, y mucho más grandes de lo que jamás hubiera imaginado. -¿Por qué no acabamos con esto de una vez? Dime lo que me tengas que decir y ya está-. Comenzó despacio...

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La semana pasada recibí una llamada en mi despacho. Estaba solo, ya sabes que suelo quedarme hasta tarde, en fin, cogí el teléfono y me sorprendió escuchar la voz de Katia. Comenzó saludándome, como una llamada casual, y estuvimos charlando de cosas banales, de que si teníais previsto tomaros unas vacaciones, que si a ver cuando quedábamos para cenar, que si saludos para Claudia...; pero algo me decía que no había llamado sólo para saludar. Tuve la impresión de que lo que realmente necesitaba decirme se lo estaba callando. Y, poco antes de colgar me pidió

un consejo. Quería contarte algo, me dijo, pero no sabía cómo hacerlo. Algo que, por lo visto, había descubierto hacía tan sólo unos días. A ella parecía haberla afectado bastante. Le pregunté si se trataba de algún problema de salud, me aseguró que no tenía nada que ver con eso, pero que no me podía dar más detalles. Tampoco estaba muy segura de las consecuencias. Realmente estaba bastante confundida y yo no pude hacer mucho por ayudarla. Me hizo prometer que no te diría que habíamos estado hablando. Creo que es tan víctima como tú, Gabriel.

Llovía y la lluvia aún hacía más cruda e ingrata la tarde. Empecé a reflexionar acerca de todo lo que Thomas me explicaba y por más que se lo buscaba, no encontraba sentido a sus palabras. -Ahora entiendo menos todo este rompecabezas: Eduardo me necesita y envía a Katia a engatusarme para formar parte de un negocio fraudulento, del cual yo, ignorante, he formado parte y ahora en poco tiempo descubro que Katia y Eduardo son hermanos, que estoy implicado hasta las cejas en su trama y que además hay alguna sorpresa más que desconozco. ¿Quién es la víctima?

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- Crees que conoces a una persona después de tantos años a su lado, compartiendo tantos momentos buenos y malos, y después resulta que se convierte por arte de magia en una perfecta extraña para ti.- Pensaba en voz alta sin darme cuenta. -Gabriel, no me refería a eso. Quizás sea mejor que hablemos con ella y nos aclare la situación. Ya empiezo a estar cansado con este lío. Si te parece vamos a la dirección que te ha dado a ver si la encontramos allí.- Me subí en el coche y nos pusimos de nuevo en marcha. Quería cerrar los ojos y volverme a despertar

de este mal sueño, que realmente empezó hacía ya veinte años, y que ahora había estallado con toda su crudeza. ¿Sabes?, siempre pensé que era un hombre realmente afortunado. Yo, que venía de una familia humilde, había conseguido llegar a lo más alto, me había casado con una mujer maravillosa, a la que amaba profundamente, y era un afamado hombre de negocios que dirigía una de las mayores multinacionales agroalimentarias del planeta. Llegué a ser elegido hombre del año por la prestigiosa revista Futuro, a la edad de 35 años, todo un récord.

Mi vida estaba repleta de éxitos que ahora se estaban desintegrando y alejando delante de mí sin que yo pudiera hacer nada para retenerlos. Quería luchar por ellos, pero cada paso que daba era como una trampa dentro de una pirámide egipcia y me hacía caer más bajo. -¡Venga, Gabriel!- La voz de Thomas me rescató de mis pensamientos. -¿Ya hemos llegado? pensaba que tardaríamos más. En la puerta estaba rotulado el nombre de Erika Vans. Aquel nombre me sonaba, pero no recordaba por qué. Pasamos. En la recepción había una chica joven y detrás una mampara

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que separaba aquel pequeño espacio de lo que parecía una gran sala. Estaba muy confuso, primero el nombre, después el lugar, todo me era demasiado familiar. La habitación tan solo estaba iluminada por una tenue luz amarillenta, y desprendía ese olor a rancio de recién pintado. Me sorprendió que estuviera prácticamente vacía, como si acabara de irse el camión de la mudanza. Sólo había un pequeño escritorio, una vieja silla y aquella enigmática chica, que, con una falsa sonrisa, me dijo: Sr. Klein, cuánto ha tardado, llevan esperándole toda una eternidad.

Intenté distraer la mirada para no parecer interesado, aunque me moría de ganas de resolver este entuerto. - Y, dígame, ¿quiénes llevan esperándome tanto tiempo, si se puede saber?- Esta vez no me contestó. Se limitó a sonreír mientras se alzaba de la silla y se contorneaba hasta llegar a una puerta que estaba entreabierta. No lograba sentir lo que decía, parecía como si transmitiera el mensaje. Tras un breve instante, la chica volvió zigzagueante hasta la recepción: -Pueden pasar- ¡Acabemos cuanto antes!, pensé, aunque al llegar a la puerta algo inesperado me paralizó.

Y allí estaba Bernard, la última persona que me esperaba encontrar. Primero, la noche del hotel, con aquel saludo amigable, y aquella mirada tan suya, y ahora aquí, en este lugar. ¿Qué tenia que ver él con toda esta historia? Hacía veinte años que había desaparecido de mi vida, después de aquella terrible discusión, no volvimos a saber nada de él, al menos yo. Me extendió la mano y, sin tenerlo muy claro, se la estreché. - Pasa, Gabriel. Cuando nos disponíamos a entrar, me dijo: - Tú sólo.- Thomas me dio una palmada en el hombro y me dijo: - Entra, te espero.

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Cerró la puerta, y empezamos a recorrer un largo pasillo. No conseguía ordenar todos los recuerdos que se agolpaban en mi mente: ¡eran tantas las vivencias compartidas con aquel hombre que ahora caminaba delante de mí! Bernard y yo fuimos compañeros de Universidad, compartíamos habitación en la residencia de estudiantes. Era el líder de todos nosotros, tenía el mejor expediente, era el capitán del equipo de rugby, lo tenía todo y yo lo admiraba. Recordaba, especialmente, el verano que me invitó a conocer a sus padres y a su novia de toda la vida, Katia.

Tenía motivos para odiarme. Él se había creado una vida perfecta y yo se la había pulverizado de una sola pasada. Sin embargo, su rostro no parecía el de quien perpetra una venganza. Caminaba delante de mí. Al final, me decidí a romper el silencio sepulcral que nos acompañaba. -Bernard, ¿está Katya aquí?- Aquella escena me recordó el momento en que el protagonista de alguna de las películas de Hitchcock seguía al mayordomo mudo y cabizbajo, incluso jorobado, aunque Bernard no fuera exactamente así. Después de mi fugaz paréntesi, volví a la realidad.

Hicimos el camino acompañados de una música clásico-moderna que sonaba por los altavoces del hilo musical. Aunque no era la clase de música que me gustaba escuchar, agradecí no hacer aquel recorrido en silencio. Me disponía a volver a preguntar a Bernard sobre Katia, cuando de repente se abrió una de las puertas que acabábamos de pasar de largo. Bernard y yo nos giramos al unísono y delante de mí apareció Erika Vans. Ahora ya sabía de qué me resultaba familiar aquel nombre. -¡Hola Gabriel!.- Me besó ambas mejillas y yo no pude reaccionar. -¡E..ry..ka!

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Miré hacia Bernard con el ánimo de hallar alguna explicación, aunque sólo fuera en su expresión, pero no encontré nada. Mostraba la inquietud del que tiene prisa por marcharse. Eryka también captó su mensaje y se apresuró: - Vámonos, Gabriel, iremos hablando por el camino.- Yo caminaba en silencio, escuchaba atento las palabras de Eryka que, emocionada, iba rememorando de nuevo algunas anécdotas del pasado e iba iluminando, de vez en cuando, con alguna efímera sonrisa mi rostro. Pero yo aún estaba en estado de shock y sólo podía pensar en Eryka y Katia aquí juntas.

- Gabriel, ¿me estás escuchando?- Eryka presintió mi ausencia. -Perdona..., sí, sí...es que hace demasiadas horas que estoy despierto y comienzo a notar el cansancio.- Me disculpé. - De acuerdo; pasa, por favor, que te presentaré.- Al entrar en aquella sala me sentí como un reo al que van a ajusticiar. Eryka comenzó las presentaciones: - El inspector Daniel Bretón, los agentes especiales Dominique Lissette y Peter Dorsó y nuestra colaboradora, a la cual ya debes conocer, ¿verdad?- Katia estaba radiante, aquel leve rubor en sus mejillas aún la embellecía más.

Ensimismado por la belleza de Katia, me dejé llevar hasta una silla de madera, a la vez que me ofrecían amablemente que me sentara. Los silencios eran eternos,como si los ángeles no acabaran de pasar nunca. Las miradas penetrantes e inquisidoras me infundían temor, al tiempo que me encogía de hombros preguntándome una y otra vez qué narices hacía yo en medio de ese tribunal policíaco. Podía notar la respiración de cada uno de los presentes, sobre todo la del agente Dorsó que, debido al sobrepeso, jadeaba y se secaba el sudor constantemente al lado de un ventilador.

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Demasiadas horas sin dormir, demasiadas emociones encadenadas. Me preguntaba qué era lo que querían de mí, cuando el monótono y repetitivo zumbido del ventilador captó mi atención. La voz de Katia sonaba profunda y distante: -¡Gabriel! ¿Te encuentras bien?- Sentí cómo un sudor frío recorría mi espalda, mientras intentaba responder con la mirada a los presentes. -Creo que mi cabeza agradecería una aspirina.- Noté que perdía el equilibrio. Lo último que recuerdo es a Katia pidiendo ayuda con un grito ahogado.

Capítulo 2

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Las paredes blanquecinas de aquella habitación, y los uniformes también blancos de alguna persona que furtivamente pude llegar a divisar, me hicieron caer en la cuenta de que estaba en el Hospital. Sentía una gran pesadez en todo el cuerpo y un fuerte dolor en la cabeza. Tenía una vía puesta y una botella de suero iba goteando a ritmo lento trasladándolo hasta mis venas. Cuando pude empezar a desentumecerme, Katia entró en la habitación. -¡Cariño! ¿Cómo te encuentras?- Me encogí de hombros. -No sé...¿qué me ha pasado? Katia se sentó. - Sufriste un infarto-

Me quedé quieto; mudo; triste. Sabía que era una consecuencia de lo que hasta ahora había vivido y sabía que iba a condicionar lo que iba a vivir. Ya en ese momento no pensaba solo en lo físico. Yo ya sabía que mi lucha por conocer toda la verdad de mi vida, ¡a qué menos puede aspirar un hombre!, estaría a partir de ese momento controlada por mi corazón... Qué paradójico todo... El corazón mezclado con la vileza, el delito, la mentira, la envidia... Así era. Cerré los ojos; y ese fue un gesto de aviso para Katia.

Katia salió de la habitación y yo aproveché el momento de soledad para llorar desconsoladamente. Ahora sí que lo había perdido todo, hasta la salud. ¿Cómo iba a recuperar mi vida con el corazón roto? Sentí que la puerta se abría y entró una enfermera con varios instrumentos clínicos. Revisó mis constantes vitales mientras iba recitando varias frases hechas que, seguramente, le servirían para todos los pacientes. Cuando hubo acabado, salió de la habitación y seguidamente entró Thomas. -¡Hola, Gabriel! Si lo llego a saber, no te dejo solo con esa gente...

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y soltó una especie de risa irónica que hacía tiempo no oía. -Gracias por venir, Thomas; -le dije mientras bebía un poco de agua- la verdad es que cada vez entiendo menos. ¿Cómo voy a continuar ahora? ¿Qué pasará con Katia? ¿Quiénes eran todos ellos? - Basta de preguntas, yo te ayudaré y lo resolveremos.

Ahora sólo tienes que descansar, hacer lo que manden estas estupendas enfermeras y esperar a que se cansen de tenerte por aquí y te manden a casa. Cuando regreses, ya empezaremos de nuevo con todo. Por cierto, y Katia, ¿qué tal? - Pues, qué quieres que te diga, la verdad es que no hemos tenido mucho tiempo para hablar, y como yo he estado casi siempre dormido, pues no sé qué decirte... Pero la echo de menos, no sabes cuánto.

Y estar aquí me deprime muchísimo. No veo la hora de poder salir de esta habitación... - Oye, que si quieres puedes pasear un poco por el pasillo... ¡Venga, vamos, te acompaño!, a ver si nos cruzamos con alguna guapa enfermera. - ¡Déjate de enfermeras!, como se nota que a tí no han estado llenándote de agujas.- Las bromas de mi amigo habían conseguido arrancarme una sonrisa y, debido a su insistencia, al fin accedí a su invitación de pasear por los pasillos del hospital.

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Al salir del cuarto, llamó mi atención la presencia de dos guardias en la puerta. ¿Para qué estaban allí? ¿Estaba yo siendo cuidado o investigado? Cada vez la duda se hacía mayor.

Eché a Thomas una mirada llena de ira. Nos alejamos unos pasos y le dije en voz muy baja para que no nos oyeran. - ¿Cómo no me has dicho esto? ¿Qué es lo que tengo que saber y nadie me dice? Antes de que Thomas pudiera responder, miré de reojo y pude ver que los guardias habían comenzado a caminar lentamente, como distraídos, en la misma dirección que nosotros. Estaba claro que no iban a permitir que me alejara de sus miradas.

Thomas me sorprendió encogiéndose de hombros y guiñándome un ojo: - Cuando te ingresaron, coincidimos Bernard, Katia, el inspector... y les puse al corriente de lo ocurrido en mi despacho. Después de aquello, cualquier cosa podría pasar y acordamos que sería conveniente reforzar tu seguridad. No creemos que se atreva a venir aquí personalmente... pero de sus amigos no sabemos gran cosa, así que pensamos que sería buena idea que estos señores te hicieran compañía.

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Decidimos ir a la cafetería del hospital, allí por lo menos no tendríamos que cuchichear como alcahuetas para hablar. - ¡Venga!, cuéntame cómo están las cosas, ¿la policía ha dicho alguna cosa de cómo va la investigación?- Con el espíritu más sereno, ametrallé a mi amigo con preguntas que por más que lo había intentado, nadie me respondía; Katia esquivándome para proteger mi salud y el inspector acogiéndose al secreto profesional. -Pues...hay cosas, claro. No tengo información de primera, pero parece ser que tienen otro posible sospechoso y de los gordos...

- Pero, ¿quién te ha dicho eso? ¿Has hablado con la policía? ¿Por qué no te dejaron entrrar en la reunión y ahora te dan semejante explicación?- Thomas había conseguido que pasara de la indignación al nerviosismo en un santiamén. Intenté sonsacarle algún dato más, pero era evidente, tal y como me había advertido previamente, que su fuente de información no estaba muy documentada. -¿Por qué te preocupa tanto saber quién es el sospechoso?, seguro que no tardaremos en enterarnos.- Thomas no era consciente de la importancia que para mi tenía aquella informacion.

Todo iba teniendo demasiada importancia para mí... o era yo quien se la daba.... No estaba muy convencido de si realmente se trataba de detalles que pudieran influir en mi seguridad o si simplemente iba siendo hora de que me olvidara de todo, y dejara trabajar a los profesionales para que se ocuparan ellos del caso. Al fin y al cabo, yo ya no tenía nada que ver con la empresa y encima ahora, con mi estado de salud debilitado, no me convenía meterme en ese tipo de asuntos.

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Pero lo cierto es que mi situación no era muy tranquilizadora. En primer lugar, el infarto, que, junto a la medicación, me habían debilitado por momentos; mi integridad física en peligro, hasta el extremo de necesitar vigilancia policial... y Katia... tantísimas dudas respecto de la mujer con la que había convivido mis últimos veinte años... Y todo porque un día no supe o no quise tolerar ni una injusticia más. Mi decisión de abandonar la empresa, apoyada firmemente por mi mujer, había desencadenado una especie de acontecimientos en cadena, a cada cual mas drástico...

No conseguía entender por qué, de repente, habían surgido tantas incógnitas en mi entorno, tanto en lo personal como en lo profesional..., en realidad, exprofesional... Ya iba siendo hora de asimilar el hecho de que yo ya no pertenecía a la empresa: en lo referente a mis responsabilidades, lo había dejado absolutamente todo organizado, precisamente para desentenderme por completo. Solo quedaba una cuestión pendiente... - Oye, Thomas, ¿crees que he hecho bien en dejar la empresa?

–Buena pregunta, amigo–respondió Thomas, con aire meditabundo–. La gente suele creer que es mejor pertenecer a una organización, estar arropado por sus facilidades y, sobre todo, no incurrir jamás en responsabilidad personal. Quien sólo es un engranaje de una máquina, puede cargarle siempre a la máquina la cuenta que generan sus acciones individuales. Si fueras otra persona, te diría que no, que no has hecho bien. Pero me atrevo a sospechar que tú no puedes vivir así. Tú, amigo, no puedes traspasar tus culpas. Así que es mejor que hayas roto las amarras.

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Con amarras o sin ellas, estaba claro que mi sentimiento de culpabilidad no menguaría ni un ápice. Era una persona comprometida y vulnerable, pese a pasarme la vida disfrazándolo para disimularlo y aparentar una entereza y una frialdad que a veces me superaba. -¡Cuánto me gustaría a veces ser más cerebral! -Amigo mío, tú eres como eres y no puedes ser de otra manera. Thomas consiguió como siempre hacer aflorar la sonrisa en mis labios. ¡Qué bien me hacía sentir el recordar la sensación de felicidad! Quería despertar de una vez por todas de aquella pesadilla.

Pero no estaba destinado a alimentar mi capricho, así que seguía en el túnel en el que me encontraba desde el día en que decidí poner fin a mi carrera profesional. - Quizá deberíamos recapitular un poco sobre los datos que tenemos para intentar comprender los argumentos de la policía, ¿qué te parece? Seguro que tú tienes algún dato más del que nadie me ha querido informar.- Thomas sacó su libreta de anotaciones.- Tengo anotado lo mismo que tenía antes de tu ingreso, lo que tenemos son unas pocas pruebas después del robo, pero creo que se me ha ocurrido algo.-

¿Ah, sí? –pregunté escéptico–, pues como no sea un milagro ya me explicarás. ¿Te das cuenta que durante veinte años he dirigido una empresa que ha sido referencia en el sector agroalimentario?, he sido reconocido como uno de los mejores empresarios de los últimos años, premiado y alabado por ello. ¿Crees que alguien me creerá cuando se descubra que los buenos resultados de la empresa no se deben a mi buena gestión sino a la utilización de técnicas totalmente ilegales en la cadena de producción?, y no sólo eso, ¿cómo crees que me siento yo?, aunque

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fuese ajeno a todos los trapicheos de Eduardo, ¿crees que no me siento moralmente responsable de lo que está a punto de descubrirse? –casi sollocé sin darme cuenta– ¿Qué pasará Thomas?, ¿qué pasará cuando salgan a la luz las deformaciones de los niños que consumieron nuestros productos en la infancia?, hijos de nuestros propios empleados en países subdesarrollados, gente necesitada a la que vendimos esperanzas y sueños de prosperidad. Gente que no preguntó por qué sus cosechas pesaban el doble que la de sus vecinos o no eran atacadas por las plagas.

Dios mío, ¿qué han hecho?, ¿cómo no me di cuenta de lo que estaba pasando? –gimoteé mientras me tapaba impotente la cara con las manos –. ¿Qué haremos ahora que hemos perdido las pruebas que incriminaban a Eduardo? –proseguí ,mirando fijamente a Thomas después de inspirar largamente y cogerlo por los brazos con fuerza, esperando que él me diera la solución a la pesadilla que estaba viviendo desde que descubrí hasta donde podía llegar la ambición de Eduardo–.

Cálmate Gabriel, he estado hablando con Eryka Vans, ella es quien desveló toda la trama después de trabajar unos meses en el departamento de investigación de la empresa –respondió Thomas con su acostumbrada voz calmada–. ¿Eryka? –pregunté arqueando una ceja–, ¿cómo puede ayudarnos Eryka? –volví a preguntar mientras recordaba a la antigua amiga reencontrada hacía unos días, y que no tenía nada que ver con la jovenzuela pecosa que venía a pasar los veranos en la casa contigua a la de mis padres; una niña con trenzas y gafas enormes, de la que mis amigos.

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se burlaban aunque a mí me resultaba tremendamente divertida. Sobre todo cuando la oía gritar “Eureka” detrás de una nube de espeso humo de fétido olor, prácticamente inaguantable para el olfato y que nos hacía escocer los ojos hasta acabar llorando, pero que ella aseguraba había sido un experimento exitoso de su nuevo juego de química. ¿Quién era en realidad Eryka, además de haberse convertido en una atractiva mujer, qué otras sorpresas podía esperar de ella?

Tenía un gran saco de preguntas, pero muy poco tiempo para encontrar la respuesta y un importante problema logístico, dado que no me podía mover del hospital; así es que no tenía más opción que dejarme convencer por las hipótesis y los razonamientos de mi única conexión con el exterior. - Ahora mismo nos conviene aceptar su propuesta, Gabriel, hay muchos cabos sueltos y tenemos que asegurar tu blindaje contra cualquier acusación que nos quieran endosar. - Muy bien, tú eres mi abogado, pero creo que en algún momento esta bomba nos va a estallar en las manos.

Decidimos regresar a mi habitación, bajo la atenta mirada de los guardias que nos seguían discretamente durante el trayecto. Apenas habíamos avanzado un tramo del pasillo, cuando uno de ellos se nos adelantó y, haciéndonos una señal para que nos detuviéramos, se metió por uno de los pasillos adyacentes. A la orden de su compañero, el otro guardia nos invitó presuroso a cruzar una de las múltiples puertas que daban al pasillo por el que circulábamos. Nuestra forma atropellada de entrar hizo que la enfermera que allí se encontraba, se llevara un buen susto.

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- Pero...,¿qué están haciendo?- El sobresalto la llevó a soltar lo que llevaba en las manos, provocando un fuerte ruido. -¡Señorita, por favor!-, la amonestó el guardia- procure no hacer ruido. Sólo vamos a estar aquí un momento; en cuanto mi compañero me avise, proseguiremos nuestro camino.- Por alguna extraña razón, aquel hombre era tremendamente convincente y todos nos quedamon inmóviles y en total silencio. Quizá nos ayudó que con su mano derecha empuñaba un arma que, aunque la mantenía aferrada a su pierna, nos había impactado por igual a todos.

Después de unos pocos minutos que se hicieron eternos, la puerta se abrió lentamente y sentimos al guardia cuchichear con alguien que supusimos que era su compañero. -Ya podemos salir de aquí.- Guardó de nuevo su arma, pero nosotros estábamos tan petrificados que el hombre tuvo que volver a repetir la frase para que nuestros cuerpos inertes resucitaran y volvieran en sí. Hasta la enfermera parecía desperezarse lentamente de un largo letargo. -Con lo bien que me sentaría ahora un whisky, ¡maldito corazón!-

- Voy a llamar ahora mismo al inspector, creo que es hora de que tengamos la reunión que se quedó a medias tras tu indisposición. Me pidieron serenidad y cautela y las he tenido, me pidieron colaboración y confidencialidad, y también las he tenido, pero todo tiene un límite, ¿a qué estamos jugando?- Thomas estaba totalmente fuera de sí, pero, al contrario de lo que había pensado en un primer momento, aquel contratiempo me iba a ayudar a dejar en un segundo plano el tema de mi infarto. ¿De qué servía tener salud si estábamos los primeros en una lista de condenados?

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Yo tampoco estaba dispuesto a vivir atemorizado, esperando a ser ejecutados en cualquier momento. El precio era demasiado caro para la recompensa que me había proporcionado hasta ahora mi relación con Eduardo y sus secuaces. Al principio dudaba, pero finalmente decidí informar a Katia de todo lo acontecido: Eduardo podía ser su hermano, pero había dejado muy claro la facilidad que tenía para colocar a cualquier persona, fuera cual fuese su grado de consanguinidad, en el exterior de su círculo amistoso. -¿Cómo puedes pensar que Eduardo está detrás de todo esto?

-No quiero discutir contigo, Katia, pero ¿de verdad necesitas más pruebas para que te confirmen lo evidente de todo esto? Eduardo está pendiente de todos y cada uno de nuestros movimientos y está abortando cualquier indicio que demuestre su implicación en el caso que se está investigando. Tú lo sabes mejor que yo, tú estabas en aquella habitación con la policía ¿no?

Hasta pienso que quiere sepárame de ti y que va a aprovechar todo lo que pasó para conseguirlo. Ahora que se ha hecho con mi expediente, se siente más seguro y , además,  mi salud ha sido dañada. Un nuevo empuje y adiós; dos  pájaros de un tiro. Nos separa y me calla frente a la investigación en marcha. Katia me escuchaba perpleja.  Estaba claro que me quería. “20 años de vida juntos y de cariño tienen su peso”.La quería de mi lado de forma incondicional, saber que no era parte del complot. De pronto, solo al pensarlo, me sentí invencible.Junto con ella

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podría seguir adelante y hasta ganar esta batalla. ¿Batalla dije? Aún no podía comprender la forma en que todo había cambiado y esta situación en que me encontraba de repente. Pero ese "junto a ella" por el momento no era más que una expresión de deseo: aún no estaba seguro de tenerla de mi lado y a pesar del dolor que eso me producía, era capaz de ponerme en su lugar y ver lo difícil de su posición. - Necesito que confíes en mí. Si me arriesgo a decir esto es porque estoy convencido. Comprendo tu dolor, pero no hay tiempo para dudar. ¿Cuento contigo?

... No obtuve respuesta: giró sobre sus talones y, sin decir nada, se marchó. Entonces, me di cuenta de que había vivido con una extraña, alguien desconocido. ¿Quién era Katia en realidad?... ¿Con quién había vivido todos estos años?... No podía permitirme odiarla ni maldecir los momentos vividos junto a ella, pero me pregunté una y mil veces: ¿por qué?, ¿por qué...? Fue una noche interminable; las heridas del alma me ardían, pero el dolor más grande era la decepción.

Capítulo 3

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Estaba deseando llegar a casa tras poco más de una semana de estancia en el hospital. Por suerte, el que se había convertido ya en mi sombra, mi buen amigo Thomas, se ofreció para llevarme. De Katia no volví a saber más desde su despedida en el hospital. Aun así, no me imaginaba lo que me esperaba a mi llegada a casa. Fui directamente al baño para dejar el neceser que días antes Katia se había ocupado en traerme al hospital. Una sensación de desolación me invadió al comprobar que sus cosas no estaban: la mayor parte de su ropa había desaparecido,

convirtiendo el pequeño espacio del vestidor en un inmenso vacío donde hundirme irremediablemente. En el baño, donde antes había mil y un envases y tarros de productos cosméticos, sólo quedaba la huella de algún frasco junto un par de cestillos vacíos. Su albornoz colgaba solitario. Nunca lo usaba, seguramente por eso lo había dejado. Cuando salí al salón donde esperaba pacientemente Thomas, mi rostro debía de ser un reflejo de todo lo que me había encontrado, o mejor dicho, no encontrado… Él, que seguramente ya estaba al corriente de la huida de Katia,

le quiso dar un toque de naturalidad al momento. Falsa naturalidad, que yo acepté y en cierto modo agradecí: supongo que de manera inconsciente necesitaba esa naturalidad, imaginar que nada de aquello estaba pasando. Quería despertar de un sueño y comprobar que todo había sido una pesadilla. Nos sentamos en la cocina. - ¿Tienes hambre? A ver qué tienes por aquí…, no hay mucho donde elegir, pero podemos prepararnos unos sándwiches. -Sí, está bien. - Mi respuesta, un poco llevado por la inercia de la situación, me sorprendió y me hizo volver a la realidad.

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- Oye, realmente estoy hambriento, después de la comida del hospital un sándwich me sabrá a gloria. Imagino que tendré que avisar personalmente a la asistenta de mi regreso para que se ocupe de todo esto. Thomas acompañó su sonrisa con un gesto de aprobación. - Tienes que superar esto cuanto antes. No va a ser fácil pero vas a tenerme a tu lado todo el tiempo, puedes estar seguro. Sinceramente agradecía todo lo que estaba haciendo por mí. Tanto desde el plano profesional como personal, me hacía sentir arropado en esos momentos nada fáciles.

No había encontrado en ningún momento un ápice de rencor en sus actuaciones, desde el mismo instante en que requerí su ayuda y me sentía realmente agradecido por ello. Le estaría en deuda eternamente. Estábamos recogiendo los platos cuando sonó el timbre de la puerta. - ¿Quién puede ser a estas horas? - Me acerqué a la puerta y al asomarme por la mirilla encontré, tal vez a la última persona que hubiera imaginado: los ojos chisposos de Eryka miraban hacia el infinito esperando respuesta. Al abrir la puerta me dedicó una amplia sonrisa.

- ¡Hola! ¿Qué tal te encuentras? Vengo del hospital y me han dicho que te habían mandado a casa. -Hola, Eryka... Me encuentro mejor, supongo… gracias por venir…- mis palabras sonaban dudosas, estaba sorprendido, y aprovechando mi visible desconcierto se me echó al cuello dándome un sonoro beso en la mejilla. Thomas asomó desde la cocina saludando mientras se secaba las manos. - ¡Hola, Eryka! Me alegro de verte. -Thomas, ¿Qué haces? ¿También cocinas? -¡Uf, que va! Simple supervivencia. La cocina no ha sido nunca uno de mis fuertes.

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-Pues qué pena, te estabas acercando a la imagen de hombre ideal. Las risas de Eryka y Thomas llenaron por un momento el ambiente, mientras yo los miraba intrigado por la complicidad a la que habían llegado. Aunque no resultaba extraño, conociendo el carácter de Eryka -¿Te apetece tomar algo? Aun estás a tiempo, la cocina todavía está abierta. -No, gracias, ya he cenado, pero me reservo la invitación para otro momento. - Le contestó a Thomas guiñándole un ojo.- Y bien, ¿qué me contáis? ¿Alguna novedad? -¿Novedad?

¿Qué os parece si entre los dos, que veo que os lleváis muy bien, me ponéis al día?- Estaba deseando que nos sentáramos a aclarar las cosas. Eryka se quedó mirando alrededor, como buscando alguna cosa o alguna persona… -Y Katia..., ¿no está? Thomas y yo cruzamos nuestras miradas antes de responder. - Hace días que se despidió de mí, bueno, en realidad simplemente se marchó. Apenas hace un rato que hemos llegado y me he encontrado el piso vacío, sin sus pertenencias, no sé nada sobre su paradero, ni sé cuándo se fue, pero tengo la impresión

de que no va a volver. - Respondí a su pregunta y al mismo tiempo me estaba escuchando como si me estuviera dando una explicación a mí mismo.- Pero, dime, tú ya sabías que no estaba aquí, ¿verdad? Y, por cierto, veo que la vida no te ha tratado mal, el otro día no me dio tiempo para preguntarte, ¿Qué hiciste con tus trenzas?- Me sorprendí a mí mismo bromeando, era Eryka quien provocaba mi sentido del humor, por tanto tiempo olvidado. - Pues no te lo vas a creer, pero mi madre se empeñó en guardarlas el día que decidí cortarme el pelo por fin,

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y con ellas guardé mi inocencia infantil... Intentaba ponerle un tono melancólico, pero no lo consiguió; por el contrario, los tres estallamos en una carcajad: supongo que, debido a la situación de estrés y la tensión acumulada, todos necesitábamos una vía de escape que Eryka nos acababa de proporcionar. - Y bien, ¿qué nos cuentas de interesante?- Mientras nos reponíamos de las risas, sin dejar de cruzar nuestras miradas, intentaba volver a la realidad. Estaba impaciente por saber en qué me podía ayudar. - ¿Interesante? Todo lo que hago es interesante

, con mis trenzas perdí mi inocencia pero no mi curiosidad. Es más, creo que con los años va creciendo, y cuando en mis viajes tropiezo con gente como tu socio Eduardo todavía más. -¿Con Eduardo? ¿Dónde te encontraste con él? - Eso no importa, pero puedes imaginarte, cualquiera de esos países que pasan por idílicos si vas de vacaciones pero donde, en realidad, sus habitantes viven en la más absoluta miseria. - El tono de Eryka había cambiado, su rostro se había vuelto más severo. Imagino que al recordar alguna vivencia que no debió resultarle muy agradable

, y, siguiendo fiel a sus convicciones, no pasaría como una simple observadora.- Sí, Gabriel, tú ni te enteraste, pero hace unos meses me encargaron un trabajo delicado. Habían detectado ciertas irregularidades en tu empresa y tuvimos que realizar una investigación. Al principio no sabía que tú eras el presidente, y cuando me enteré estuve a punto de hacerte una visita, pero preferí indagar primero hasta el fondo. Por suerte para ti lo que descubrí te exculpa totalmente y era de lo que queríamos tratar en la reunión a la que te invitamos.

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-¿Y Katia? ¿Hasta qué punto está implicada? -Implicada no es la palabra, en realidad, como ya te dije es nuestra colaboradora. Tiene un especial interés por solucionar todo esto de una forma discreta y pacífica. La invitamos para que te convenciera de tu dimisión, necesitábamos ver la reacción de algunos individuos. Y en cierto modo lo conseguimos, en cambio… De repente se hizo el silencio. Intenté asimilar todo lo que me estaba contando, pero me sentía incapaz de comprender el modo en que había sido manipulado, hasta qué punto podían controlarme

como si fuera una simple marioneta. -Y, claro, tú también sabías que ella y Eduardo eran hermanos… Asintió levemente antes de responder. - Y que habrían tenido un hijo de no ser por su aborto… No podía creer lo que estaba escuchando… Busqué cobijo en los ojos de Thomas, que seguía toda la conversación con sumo interés. Entonces comencé a encontrar respuesta a algunos interrogantes: podría ser el motivo por el que decidió marcharse de casa cuando era una jovencita, no se trataba de un simple acto de rebeldía o de deseo de independencia como

siempre me había hecho creer. Y prefirió salir adelante sola que recurrir a la ayuda de su familia, mientras su hermano disfrutaba de las bondades de ser el hijo de una familia bien posicionada socialmente. Claro, a sus padres no debió agradarles la idea de que su hija quedara embarazada. Eran otros tiempos y la reputación familiar se podría ver dañada. Me pregunto si realmente sus padres llegarían a enterarse de todos los detalles. Me estaba empezando a volver loco. Cada vez la pesadilla era peor. - Gabriel, no debe preocuparte todo esto.

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En realidad no habría tenido ninguna importancia, seguramente ni te hubieras enterado, si Eduardo no se hubiera cruzado en tu camino, o en el de la empresa. ¡Fue solo un error de juventud, nada más! - ¿Cómo puedes decir que no hubiera tenido importancia? ¡Estamos hablando de mi mujer, no es una simple conocida, o una empleada! Bueno, lo de conocida empiezo a ponerlo en duda, porque desde unos días hasta aquí se está convirtiendo en una autentica caja de sorpresas. Erika se quedó mirándome por un momento en silencio, acercó su enorme bolso

que al parecer le hacía las funciones de cartera, y abriendo una cremallera lateral sacó un sobre. Me mostró el sobre medio abierto para que pudiera ver su contenido. - Perdona que cambiemos de tema -dijo fríamente- pero hay asuntos pendientes que requieren nuestra atención. Ya tendrás ocasión para aclarar todo eso con Katia. Como te estaba contando hace un momento, en mi último viaje vi cosas que me resultaron espeluznantes. Sé que tú no eres responsable de aquello pero necesito que vengas conmigo, que veas con tus propios ojos lo que te han contado

comprobarás que no exageraban, y de paso te presentaré a alguien que podría ayudarte. Cogí el sobre, saqué su contenido, repasando superficialmente la fecha, los nombres… Pude comprobar que estaba todo organizado. No es que me importara que alguien se encargara de la compra de mis billetes de avión, era algo a lo que, debido a mi puesto, me había acostumbrado, pero en este caso era distinto. No había sido yo quién decidía dónde viajar ni el motivo. Me sentía como una marioneta en manos de unos feriantes.- No tengo otra opción, ¿verdad?- dije al fin.

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- Al menos que se me ocurra, no. - Y tú Thomas, ¿qué opinas? - Si todo lo que ha dicho es cierto, y por lo que veo, concuerda con lo que ya sabíamos, puede ser una buena opción. Además, mientras estás fuera aprovecharé para hacer algunas gestiones, y puede que recupere alguno de los documentos. Decidí que era momento de pasar a la acción y dejar de lamentarme y resolví acceder a sus peticiones. Además, había algo en Eryka que me hacía confiar en ella.

Siempre me ha resultado curioso cómo pueden pasar un montón de años sin ver a un amigo y de repente reencontrarte con él o ella y retomar la relación que creía haber perdido, a pesar del tiempo pasado y de la distancia.

Capítulo 4

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No recuerdo cuando fue la última vez que sentí tanta excitación e incertidumbre por un viaje.Al fín y al cabo yo era un hombre de negocios que vivía la mayor parte de su tiempo en los aeropuertos ;un hombre de mundo en un mundo irreal donde los excesos y el lujo solapaban la realidad y donde el tiempo le hacía un pulso a la vida.Los humanos somos así dispuestos siempre a complicarnos la vida con tal de engordar nuesto ego y el reconocimiento ajeno y yo no era una excepción.-¿Nos vamos Gabriel? Sí…sí… enseguida.Dame un instante Erika.Estaba tan malacostumbrado con Katia,mi orden ,mi agenda, mi todo ,que a mi maleta o le faltaba sitio o le sobraba ropa.

-¿Es necesario que vayamos en un coche oficial?-¿Se te ocurre una forma más rápida para atravesar esta ciudad y poder llegar a tiempo al aeropuerto?Relájate y disfruta del trayecto.Vamos a pasar mucho tiempo juntos.Es como un viaje de novios pero sin boda¿no crees? sonrió.Yo mantuve una mueca de complicidad aunque el eco de sus palabras en mi mente aumentaba mis latidos y disparaba mi respiración.Aquella niña de trenzas pronunciadas y pecas que tantas y tantas veces llegamos a ridiculiuzar se había convertido en toda una mujer

segura de sí misma y que conseguía empequeñecerme. En ese instante descubrí un nuevo estado en mi vida:yo ya no llevaba las riendas de mi destino. Las arterias de la ciudad se colapsan de lunes a viernes sin distinción y aquel día no iba a ser diferente.Estaba tenso,entumecido de pies a cabeza como un muñeco de cera.Erika deslizó levemente su mano hacia la mía y me apretó dulcemente como si me quisiera transmitir confianza o eso es lo que quise interpretar yo.Cerré los ojos,respiré profundamente y me dejé llevar.Mi mente viajaba a la velocidad de la luz

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rebuscando en los recuerdos de la niñez,imágenes pueriles donde yo era un líder y todos me respetaban y donde ella no perdía la sonrisa aunque el sarcasmo se cebase con ella.La misma sonrisa que hoy me transmitía seguridad y me cautivaba.Cuan crueles podemos llegar a ser los niños y cuanto daño irreparable podemos llegar a producir,pensé mientras negaba una y otra vez con la cabeza.-Lo tienes todo controlado,¿verdad?Le dije retóricamente intentando iniciar una conversación más transcendental.-Es mi trabajo,¿recuerdas?Nuestro avión sale a las

ocho treinta con destino a Bangladesh así que no te preocupes, vamos con tiempo suficiente.Un amanecer rojo teñía nuestro camino en el que los edificios cambiaban de color y donde las nubes dibujaban secuencias que me servían para interpretar imágenes de lo más insólitas.-He hecho tantas veces este viaje que ya no me sorprende nada de lo que veo.Todo me es muy familiar. Es como una segunda casa para mí.Erika giró la cabeza bruscamente.-Esta vez es diferente.Voy a llevarte a una zona donde probablemente tú no hayas estado nunca.

Los viajes de negocios,las suites de hotel,los restaurantes de lujo te mantenían ocupado mientras la realidad sacudía impune a una pobre gente que enfermaba por las fraudulentas y oscuras maniobras de Eduardo y sus secuaces. La vida es injusta con quien menos tiene.Los indefensos,los débiles,marginados dispuestos a hacer lo que sea necesario con tal de llevar comida a sus hogares un día más.Despreciados por un mundo material donde palabras como productividad o mercado son capaces de engullir y donde su desaparición forma parte del sistema

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Ese sistema del que yo era partícipe y que, me gustara o no, ayudaba a alimentar sin ningún pudor.-Creo que soy tan responsable como él.¿Por qué no me dí cuenta antes?¿por qué no supe ver la realidad que había detrás? Maldije una y otra vez mientras me tapaba la cara con ambas manos.-Lamentarte no sirve de nada.Ahora tenemos que centrarnos en la inculpación de Eduardo.Recopilar las pruebas suficientes y que pague por las atrocidades que ha cometido.Aunque Erika lo intentó,lo cierto es que no consiguió aliviarme.El desconocimiento no te exime del delito y en aquel momento me sentí un criminal.

Como había pronósticado Erika,llegamos con tiempo a la terminal A del aeropuerto.Los indicadores de neón nos condujeron hasta la sala de espera.-Tú esperame aquí mientras compro unas revistas.El viaje es largo y aprovecharé para ponerme al día del mundo del corazón-sonrió una vez más.Era una sala diáfana prácticamente vacía.Me distraje viendo como despegaban y aterrizaban los aviones por los inmensos ventanales de la terminal.Yo nunca lo hacía.Estaba tan ocupado planificando mis reuniones que nunca disfrutaba del espectáculo que generaba el estruendo de los motores al despegar.

Erika no regresaba mientras por la señal de megafonía informaban del embarque de nuestro vuelo.Así que me coloqué en la cola pertinente.Apenas dos o tres personas antes de mi para embarcar encendieron todas las alarmas.Por fín,una mano que por detrás se posaba en mi hombro,me tranquilizó.-¡Santo Dios!,¿dónde te habías metido?le dije mientras me giraba para verle el rostro.-Estaba preo… pero ¿quién es usted?-Disculpeme señor.Se le ha caído este sobre.¡Ah!Perdón…pensé que era otra persona.Gracias igualmente.M e sobrecogí.¿Dónde podía estar Erika?

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La misma duda me generó infinidad de respuestas a cual peor.Finalmente una voz al final de la sala acompañada por el sonido hueco de unos tacones acompasadamente veloces me tranquilizó.Era Erika que dejaba volar su preciosa melena al viento mientras su gabardina beige dibujaba olas al tiempo.-Lo siento…jadeó.¿Que te ha pasado?El avión está a punto de despegar.Te lo contaré todo dentro. Dejé unos instantes a que se repusiera mientras colocábamos nuestras pertenencias en los espacios destinados para el equipaje de mano.Finalmente nos sentamos.

Erika suspiro profundamente mientras yo permanecía absorto contemplando la escena a expensas de que empezara a hablar.Finalmente lo hizo.-He recibido una llamada de la central.Thomas ha sufrido una accidente de camino a su despacho.-¿Thomas?¿Como está?¿Está bien?-Un vehículo que circulaba a gran velocidad lo ha envestido.Lo mantienen entubado pero está estable.Hemos enviado a dos hombres para que lo custodien día y noche por si no fuese un accidente fortuito.-¿Qué te hace pensar eso?-El individuo se dió a la fuga.Se ha abierto un atestado y estamos investigando lo sucedido.-

Thomas,¿por qué a él?-está claro que alguien está intentando eliminar cualquier prueba de incriminación y eso incluye a los testigos. Mi sentimiento de culpa aumentaba por momentos.La vida de las personas que me apreciaban corría peligro mientras yo desaparecía en un avión hacia la otra parte del mundo en busca de pruebas.Era evidente que el tiempo jugaba en mi contra y que debía hacer algo y rápido si no quería tener que lamentarlo toda mi vida.Me vino a la mente un flash con la imagen de Katia.La mujer a la que había amado perdidamente otrora y a la vez esa auténtica desconocida ,que se diluyó como un azucarillo y de la que no tenía noticias.

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Deseé que no le hubiera sucedido nada grave.Demasiados años juntos para que el rencor y el odio se apoderaran de mi hasta ese extremo. El cielo anaranjado fruto de una puesta de sol majestuosa nos ponía en sobreaviso de que nuestro viaje llegaba a su fín.Un viaje largo y pesado que nos conduciría hasta Dhaka la capital de Bangladesh donde según Erika nos debíamos encontrar con nuestro contacto.Ya en tierra decidimos coger un taxi que nos trasladaría al hotel.No era un hotel convencional a los que yo estaba a costumbrado a transitar.

Se notaba que aquel no era un viaje de negocios.La muchedumbre se agolpaba por las calles debido al calor y la humedad del lugar.La amabilidad habitual de los propietarios nos hacía sentir bien.-Vamos a darnos una ducha y nos vemos si te parece bien de aquí a una hora para cenar algo.-De acuerdo Erika,una hora.Con una naturalidad fuera de lo común Erika conseguía llevar las riendas de nuestra visita y que yo me dejase llevar por la suave marea de sus palabras. En el restaurante del hotel la música de un piano tocado por un occidental amenizaba el ágape.

Yo no dejaba de mirar el reloj una y otra vez aunque todavía no le había cambiado la hora.Alcé la mirada en busca de sincronizarlo, cuando por la escalera lateral al hall apreció Erika con un vestido blanco largo,el pelo recogido y una flor en él ,de los ramilletes de bienvenida en estos países asiáticos.Estaba deslumbrante.La luz de su presencia iluminaba el hotel a su paso.Yo permanecí inmóvil,atónito contemplando el espectáculo que generaba su mera presencia.-Déjame decirte Erika que estás preciosa.-Gracias Gabriel,eres muy amable.¿Vamos a cenar?Tengo un hambre atroz.Fué una velada estupenda,donde ella hablaba y sonreía continuamente y yo disfrutaba observándola.

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El encanto de Erika era tal que me sentí gratamente envidiado. Las horas pasaron sin darme cuenta.-Creo que deberíamos irnos a dormir.Es tarde y mañana nos espera un día duro, interrumpió Erika con su habitual claridad.-¡Cielos es cierto.Se me han pasado las horas volando!Me he sentido muy agusto esta noche contigo.Has conseguido por unas horas que olvidase mis problemas.Gracias.-No me des las gracias.Para mí también ha sido una velada muy agradable.Pero mañana debemos poner rumbo a las plantaciones donde nos espera nuestro enlace.¿Te suena el nombre de Daniel Clarck?-Era un responsable de producción

Me dijeron que decidió marcharse a trabajar a una empresa extranjera que le ofrecía una gran oportunidad de negocio.-Bueno,más bien decidió marcharse al detectar algunas irregularidades en los procesos de calidad y ver que no se hacía nada al respecto.No quiso cargar con ese peso. Pues bien.Convencí a Daniel para que se introdujera en el país con un salvoconducto especial y haciéndose pasar por experto,investigara la trama.Recibí una llamada de él el pasado jueves.Quería que nos viéramos.Decía que tenía información manuscrita al respecto pero que no podía decirme nada más.

Era peligroso.Si descubren que está infiltrado perderíamos cualquier vinculación de Eduardo y eso no te conviene.Un abrazo de despedida y dos besos finiquitaron nuestro encuentro en el que el piano ponía su particular banda sonora y donde yo satisfice mis añoradas veladas con Katia a la que por otra parte no eché mucho de menos esa noche. Con los primeros rayos de luz nos pusimos en camino.No tenía muy claro donde íbamos exactamente pero las indicaciones de Erika al taxista me tranquilizaban.Me sentía seguro a su lado.

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Su extremado sentido de la responsabilidad generaba una atmósfera de confianza y eliminaba todas mis dudas.-Llegaremos en un par de horas.El terreno es bastante abrupto,hemos tenido suerte de encontrar alguien que nos llevase hasta allí.-Yo pienso lo mismo,he tenido la gran suerte de conocerte y poder viajar hasta aquí contigo.-Desgraciadamente para ambos,este no es un viaje para regodearse aunque estoy feliz de poder ayudarte Gabriel.De niña soñé poder estar en esta situación,que paradójico¿ no te parece?-Yo solo pienso en lo estúpido que fuí de niño y en el daño que te pude hacer con mis palabras hirientes.-Eramos niños y de esto hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo.

La carretera zigzagueaba a derecha e izquierda continuamente.Un paisaje natural idílico pintado con los colores del arcoíris por el que nos abríamos paso como si por allí no hubiera pasado nunca nadie que contrastaba con el carrusel de personas y carros que transitaban por aquella selva virgen.El olor a tierra mojada activaba mis sentidos y los de Erika que no perdía detalle de nuestro éxodo.Definitivamente pude constatar que aquel era un viaje diferente.Al contemplar la naturaleza en estado puro me dí cuenta que el país que yo había visitadoen multitud de ocasiones no era ese.

Llegamos a nuestro destino para deleite de nuestra vista.Rodeada de bosque frondoso divisamos una construcción bastante ruda que se alzaba de puntillas por detrás de unos árboles.La puerta estaba entreabierta y la ligera brisa que soplaba hacía que chirriaran las visagras.Entramos con mucha cautela.-¿Daniel? Preguntó en voz alta Erika.No hallamos respuesta.La cabaña parecía abandonada.A juzgar por el olor a tabaco que desprendía, no hacía demasiado tiempo.Abrimos las ventanas y corrimos unas cortinas de visillo que se sujetaban con dos

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hilos de alambre.-¡Fíjate Gabriel,hay una nota encima de la mesa! descubrió Erika aceleradamente mientras corría hacia ella.-Es de Daniel.Dice que le han descubierto y que tiene que desaparecer y nos da unas coordenadas donde encontrar lo que venimos buscando. -¿Por qué no te llamó para decírtelo?-seguramente pensaría que tendría intervenido su teléfono y no quiso arriesgarse.Debemos hallar cuanto antes el escondrijo, antes de que nos encuentren a nosotros.Espero que Daniel esté bien.Ha arriesgado su vida por esclarecer la verdad y ayudarnos a poner entre rejas a Eduardo y su séquito de estafadores.

Nos centramos en encontrar los documentos para poder salir de allí lo antes posible.-Según Daniel deberíamos encontrar un sobre enterrado en algún lugar cerca de aquí,¿pero dónde? No podemos ponernos a cavar toda esta zona,no acabaríamos nunca.-Está aquí,lo sé.Dijo Erika con esa seguridad que siempre mantenía.Se puso de rodillas y empezó a palpar palmo a palmo el suelo de madera vieja buscando alguna trampilla.-¡Aquí está! Sonrió.No como otras veces,no con plenitud.Fué una mueca de regocijo del que disfruta de ser el primero por poseer el don de un sexto sentido que a ciencia cierta le habían llevado a ser quien era.

Izó levemente la trampilla mientras yo no cesaba en mi interrogatorio.-¿Cómo supiste que estaba dentro y no fuera de la cabaña?-Yo le dije a Daniel que no arriesgase nunca su vida.Que si se veía en apuros huyera aceleradamente del lugar y si encontraba algo lo guardara lo más cerca posible dando falsas pistas por si alguien se nos adelantaba.-Pues se vé que te hizo caso.Yo ya no miraba a Erika con gratitud sino con admiración.Era capaz de preveer y controlar cualquier situación.Mis sentimientos hacia ella empezaban a cambiar y yo no era capaz de controlarlos.

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Una vez abierta la trampilla acercamos una vela encendida para iluminarnos.En el interior había una pequeña bandolera por donde asomaban unos portafolios algo arrugados,como si se hubiesen introducido con prisa.-¡Bingo! Ya lo tenemos Gabriel.-¿y que se supone que tenemos?-Estos documentos certifican que la empresa autorizó el uso de pesticidas de forma descontrolada e indiscriminada para salvar las cosechas de cereales y que los productos utilizados están prohibidos por su elevada toxicidad y por ser cancerígenos.La firma de Eduardo es lo que nos faltaba y ya la tenemos.

Me acerqué a una pequeña mecedora que rechinaba en su vaivén por el efecto del aire y me senté.Mi debilitado corazón no estaba para tantas emociones y necesitaba un ligero respiro.-¿Gabriel,te encuentras bien?-Tranquila…tranquila.Se me pasará enseguida. Demasiadas emociones juntas estallaban en mi corazón haciendo que galoparan sus latidos.Pensé en Thomas,en como estaría con la esperanza de que siguiera vivo para poder contarle nuestro hallazgo.Y también tuve un momento para Katia y su verdadera identidad.Sentía la necesidad de hacerle partícipe de nuestro descubrimiento como siempre había echo.

Mi decepción aumentaba recordando todos los momentos felices que llegamos a compartir y renegué de los veinte años de felicidad fingida que pasé junto a ella.¿Puede alguien fingir amor durante tanto tiempo?No podía decir que la odiara por ello,pero era evidente que cambió mi vida por completo.Envestido por el tsunami la verdad es que me dejaba llevar.-¿Nos vamos,Gabriel?-Nunca mejor dicho querida,nunca mejor dicho…

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De regreso al hotel no conseguí mantener una conversación más allá de algunos monosílabos.Me encontraba cansado.Como si todas las emociones hubiesen cesado, mi sistema nervioso hubiera dicho basta y mi cuerpo se relajase.Engullido por la tapicería acolchada del taxi acomodé mi cabeza en el hombro de Erika quien gentilmente me abanicó con el portafolio. -Demasiadas aventuras para un hombre poco dado a estas situaciones¿me equivoco?No se equivocaba.Erika nunca se equivocaba.Su sexto sentido le permitía adivinar incluso mis pensamientos.

Era tarde cuando llegamos al hotel y yo no estaba para muchas andanadas,así que me despedí de Erika para poder descansar en mi habitación un poco y coger fuerzas.En la recepción nos advirtieron de la llegada de dos hombres.-Preguntaron por ustedes,dijeron que eran amigos suyos y que si podían subir a sus habitaciones para dejarles unos regalos.Arrancamos a correr ambos escaleras arriba con destino a nuestros aposentos.Llegamos a la vez y abrimos las puertas.La s habitaciones estaban totalmnente alborotadas.Era evidente que no eran amigos nuestros y que buscaban algo.Finalmente Erika,con más experiencia que yo en este tipo de situaciones me advirtió:-Se han llevado nuestros pasaportes,nuestros documentos y algo de dinero para que parezca un vulgar robo frente a la policía.Está claro que quien haya sido no quiere que salgamos del país bajo ningún pretexto…

Capítulo 5

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- Pensaba que los personajes como tú sólo existían en las películas, me tienes anonadado.- Erika soltó una carcajada - Pues yo empezaba a tener dudas sobre si había hecho bien en traerte a Bangladesh, pero compruebo con alegría que aún te queda sentido del humor. Quizás hasta incluso podamos cenar juntos esta noche también. ¿No tendrás miedo de quedarte solo, ¿verdad? Sus palabras se me insinuaban de tal manera que a veces me hacía olvidar todo el dolor que mi corazón emanaba emborrachándome del deseo de besarla.

Me descubrí a mí mismo coqueteando con ella pero no me avergoncé, ni siquiera me ruboricé un ápice, simplemente disfruté de aquel momento con el que me había premiado de nuevo su presencia. -No hace falta que te burles de mí, con tanta sorpresa tendría que estar mucho más confuso y reticente de lo que estoy, sin embargo te he seguido hasta aquí y sin hacer demasiadas preguntas, aunque, ahora se me ocurre una: ¿qué vamos a hacer ahora? Erika me cogió de las manos, me miró fijamente a los ojos y dibujó una bella sonrisa con sus labios.

- Amigo Gabriel, ¡ahora toca disfrutar! Envidiaba aquella actitud positiva y emprendedora de Erika. No sabía si era aquella humedad tropical la que empapaba todos mis pensamientos, pero con ella a mi lado no conseguía concentrarme en nada, ni tan siquiera en mis propias miserias. Caminábamos despacio por la metrópolis. Un recuerdo fugaz me hizo evocar el momento en que Katia y yo planeábamos hacer un viaje por el mundo después de mi dimisión. Pero aquí estaba yo ahora, en la India, con otra mujer y con otros objetivos que no eran precisamente de placer.

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-Siempre he venido a Bangladesh solo y siempre he tenido la misma reflexión: es una ciudad para ir acompañado de una mujer hermosa con la que disfrutar de este contraste de paisajes entre monstruosidad tecnológica y naturaleza virgen. Aquí se pierde el límite de los sentidos. El sonido campanillearte de la ciudad, el color del movimiento de su población, el ruido de fondo de tantas lenguas diferentes, tantas culturas morando en tan poco espacio. ¿No te parece embriagador? Erika me besó cohibiendo el fluir de mis palabras.

Entre mezquitas, templos y bazares trascurrió el día y aunque Erika se perdía ni el más mínimo detalle de todo lo que se nos presentaba, continuaba pendiente de localizar a sus contactos para resolver el problema de la vuelta a Paris. -¿Ha habido suerte con el consulado esta vez? - fue al término de mi consulta cuando descubrí que no estaba realmente demasiado interesado en la respuesta. Había añorado tanto tiempo aquella paz, que no quería desperdiciar ni un solo instante. Hubiera seguido allí, deleitándome eternamente.

Me despertaron unos golpes suaves detrás de la puerta. Tan sólo eran las 3 de la madrugada. Al abrir se me apareció una musa de cabellos dorados y piel tostada, ojos ardientes y expresión angelical. Aquél cóctel de belleza y calor me hicieron sucumbir inevitablemente a los designios del deseo por segunda vez después de tantos años. Salimos por la mañana directos al consulado. Erika había conseguido unos duplicados provisionales que por lo menos nos servirían para abandonar el país y ponernos de nuevo en ruta hacia nuestro nuevo objetivo. -¿Y ahora?-

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-Ahora te enseñaré todo el proceso alimentario que debería seguir vuestra compañía y las fugas, deficiencias y abusos que se originan durante su transcurso, así cuando hablemos de ello en los tribunales tendrás constancia plena de la realidad dado que lo palparás en vivo y obtendrás la respuesta acertada.- Fue un viaje relámpago pero intenso. Había aprendido muchas cosas, desde luego, pero lo que realmente me había impresionado fue descubrir en mí una personalidad que no conocía. Había derrumbado los muros que sostenían idealizada a Katia,

había traspasado las barreras que me impedían ver más allá de la rutina en la que me había acomodado, impidiéndome disfrutar de una madurez llena de ilusión. Aprendí a no perder el tiempo llorando por los rincones la pérdida del amor, cuando el amor lo llevaba dentro de mí y lo disfrutaba entregándolo y no recibiéndolo. En definitiva, había descubierto un motivo suficientemente valioso como para luchar con uñas y dientes por mi exculpación en el caso y el seguro de mi tranquilidad futura y mi libertad.

-¡Thomas!, ¿Cómo estás? ¡Vaya susto que me has dado! Tengo que explicarte muchas cosas de mi viaje a Bangladesh. Traemos documentos importantes y he estado en primera línea, haciendo fotos y recopilando pruebas y documentación al respecto. Ahora sí que tenemos material de verdad. Thomas estaba ya fuera de peligro, aunque permanecía en una habitación que si bien no era de cuidados intensivos se le asemejaba bastante. Todavía estaba conectado a varios aparatos que iban marcando sus constantes aunque los médicos nos habían asegurado que mejoraba lenta pero progresivamente. Se limitó a asentir con la cabeza.

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Me acerqué a su cara y le susurré algunos detalles más íntimos de mi aventura. Pese a no poder apenas hablar, me apretó la mano con fuerza. –Tranquilo, amigo, estoy aquí. Estoy contigo. Pronto te repondrás y aclararemos todo este altercado. Vamos a zanjar ya de una vez por todo este asunto, Thomas, te lo prometo. De camino a casa apenas quedaba un resquicio de la ilusión que había recuperado durante mi viaje. El reencuentro con la realidad me había dado un golpe bajo de nuevo. Thomas en el hospital, queríamos creer que por un accidente fortuito, Katia sin aparecer y un mar de dudas de nuevo revoloteando por mi cabeza.

Quería aferrarme a la idea de empezar una nueva vida, de aprovechar la segunda oportunidad que me había dado el destino. Sin embargo el silencio de mi hogar enfatizaba más mi soledad intentando arrebatarme la satisfacción de superarme a mí mismo. Eran cerca de las 11 de la noche cuando sonó el teléfono. Llevado por el cansancio y por la embriaguez de unas copas de vino, me había quedado dormido en el sofá delante de la televisión. La mezcla entre la voz agitada de mi interlocutor y la pesadez del momento no me permitían entender lo que me intentaba decir.

-¿Katia, eres tú? ¡No te entiendo nada!, ¿Dónde estás? ¿Qué es lo que pasa? Katia, poseída por el desasosiego no podía más que balbucear y era prácticamente imposible descifrar sus frases. Finalmente conseguí escuchar el nombre de mi amigo Thomas. -Sí, Thomas está en el hospital, está malherido pero parece que se repondrá, no te preocupes, aún no se puede valorar si le quedará alguna secuela, habrá que esperar, pero ¿tú dónde estás? Creo que deberíamos hablar, ¿me escuchas Katia?, Por favor, serénate, no entiendo nada de lo que me estás diciendo.

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La llamada se había cortado y mientras esperaba que se volviera a poner en contacto conmigo mi mente no paraba de hacer cábalas acerca del motivo que había podido perturbar tanto la conducta de Katia. Quizás estuviera en peligro. ¿Por qué habría preguntado con tanta insistencia por Thomas? -Gabriel, ¿me oyes? Gabriel tenemos que vernos… ha pasado algo…. ¡ha sido horroroso! Yo confiaba en Eduardo y no quise hacerte caso y ahora…Tú tenías razón, Gabriel, Eduardo está haciendo barbaridades y yo jamás lo hubiera creído si no les hubiera oído hablar…

Necesito ver a Mr. Bretón, ¿podemos vernos allí? Lo siento mucho, Gabriel, lo siento… Me hubiera gustado ser un poco más afectivo, pero de mis labios apenas salió un sonido burdo y débil que perseguía asentir a su petición. No pude ni siquiera preguntarle por el motivo de tanta alteración. No entendía qué es lo que podía haber escuchado decir para que le produjera aquél estado de histerismo. ¿Y aquella preocupación por Thomas? Pese a la señal intermitente indicadora de que la comunicación se había vuelto a cortar, mantuve el teléfono apoyado en mi oído durante más de un minuto

absorto en mis pensamientos, barajando hipótesis sobre los nuevos acontecimientos. Conducía camino de la comisaría. Era de madrugada y las carreteras yacían solitarias y mudas. El parpadeo amarillo intenso de los semáforos me deslumbraba a consecuencia del exceso de alcohol que había ingerido. Iba despacio, analizando las imágenes con las que mis recuerdos me apedreaban sin compasión, buscaba excusas, motivos, palabras… Volvía de nuevo como un boomerang a la vida que acababa de repudiarme, de abandonarme y ni tan siquiera estaba seguro de lo que quería hacer.

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. Si volvía con Katia tendría que renunciar a un futuro incierto pero seductor, sin embargo ella ejercía sobre mí una atracción cautivadora, me absorbía la personalidad, se adueñaba de mi poder de decisión y aunque me había hecho sentir engañado y utilizado, regresaba a su regazo albergando un sentimiento de culpa que me acuchillaba el corazón en lugar de alejarme de una vez por todas de mi cadena perpetua. -¡Gabriel!- Katia se abalanzó hacia mí rodeándome con sus brazos. Me estrechaba fuertemente, sin embargo yo miraba alrededor de la comisaría.

Muchas caras me eran familiares, otras las conocía perfectamente. -Mr. Bretón- Le saludé estrechando su mano aprovechando que Katia había dejado de aferrarse a mí. -Mr. Gabriel, ¿se acuerda de Dominique Lissette y de Peter Dorsó? Ahora que estamos todos pasemos a mi despacho, creo que su mujer tiene información relevante sobre el caso que puede dar un giro importante a nuestra investigación. Todos escuchábamos intrigados el relato de Katia. Estaba profundamente conmocionada por el incidente. Su voz temblorosa se esforzaba por relacionar los detalles de una conversación que Eduardo mantuvo por teléfono,

no se sabía con quién, en la que recibía la confirmación de que Thomas estaba fuera de combate y que todo había salido según lo previsto. -¿Te descubrió Eduardo escuchándolo?-, le pregunté espontáneamente. -No, pero es que eso no es todo, Eduardo le preguntó que con uno sólo no hacía nada, que necesitaba que cayeran todos de una vez. Que necesitaba vía libre porque estaba a punto de cerrar un trato y que no permitiría que nadie se interpusiera bajo pena de muerte- -¿Dijo algún nombre en algún momento? ¿Mencionó algún lugar?- Katia negó con la cabeza y forcejeando con sus propios nervios tomó un sorbo de la infusión que le habían preparado cuando llegó

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a la comisaría. -Bien, tenemos motivos suficientes para solicitar una orden de busca y captura de Mr. Eduardo Bellucci, le acusaremos de tentativa de homicidio con alevosía y premeditación. Peter, encárguese de los trámites y cuando tenga la orden comiencen la búsqueda. En cuanto a usted, le aconsejo que acepte que le asignemos una escolta mientras localizamos a Eduardo, ahora que ya es consciente de lo que es capaz de hacer. Todos comenzaron a correr. Habían personas tecleando datos en el ordenador a velocidades sorprendentes, otras corrían buscando archivos y documentos,

otras hacían llamadas de teléfono. Nadie estaba quieto salvo yo. Hasta Katia se movía de un lado a otro de la habitación con la vista clavada al suelo como si estuviera hipnotizada. Nos habíamos quedado solos en el despacho, sin embargo ni siquiera nos mirábamos. Yo estaba perplejo ante la posibilidad de que mi mejor amigo muriera a manos de un criminal despiadado por tan sólo el hecho de su incondicional amistad y Katia intentaba asimilar que aquel despiadado criminal era su hermano y que había tomado la decisión errónea de defenderlo cuando yo ya le había advertido de su perversidad.

Después de una larga pausa de la que ninguno de los dos fuimos conscientes, tomé las riendas de la situación, me levanté de la silla y me dirigí hacia Katia. -Volvamos a casa. Por ahora es mejor que nos mantengamos juntos hasta que localicen a Eduardo. Descansaremos un poco y mañana ya hablaremos con más calma. ¿Te parece bien? Katia asintió con un suave parpadeo y un bosquejo de sonrisa. La mañana era fría pero hermosa. El rocío jugueteaba sobre las hojas de los árboles deslizándose de una a otra hasta fundirse en la tierra.

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El olor a café recién hecho me había despertado y me había hecho dudar por un instante si todo lo que había pasado no había sido una cruel pesadilla. Eran casi las diez de la mañana y me dispuse a perseguir aquel aroma, necesitaba despejarme y sobre todo algún remedio para el fuerte dolor de cabeza que padecía. Desde el salón se distinguía un conjunto de voces que provenían de dentro de la cocina. Eran voces risueñas y cantarinas que habían transformado con su timbre la austeridad de aquel momento en alboroto. -¡Princesas! Pero ¿qué hacéis aquí? ¡Qué sorpresa!

Abracé a mis pequeñas como jamás lo había hecho, incluso tuve que disimular para limpiar de mi rostro una lágrima furtiva que había traspasado todos mis sistemas de represión emocional. Nora y Claudia estudiaban en la universidad y llevaban dos meses en Alemania en un intercambio de estudiantes. Eran mellizas y tenían 19 años. Katia las había llamado y les había pedido que regresaran a casa con el fin de hacerles partícipes de la situación dada la peligrosidad del asunto. -Vosotros sabréis porqué estamos aquí. La verdad es que ya os echábamos de menos, papá.

¿Cómo estás? Ya sabes que tienes que cuidar tu corazón, ¿eh? Bueno, ¿qué es eso tan importante que teníais que contarnos en persona? Claudia era una joven de espíritu trabajador y responsable. Desde que nació había tenido que otorgar el privilegio de casi toda nuestra atención a su hermana que había nacido con una patología neurológica pero que a base de esfuerzo y constancia había conseguido desarrollarse casi al mismo ritmo que su hermana pese a la dificultad.

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-No quería preocuparos- Mientras hablaba, Katia iba sirviendo el café en las tazas que había dispuesto sobre la mesa redonda de la cocina -pero han ocurrido una serie de sucesos en los que nuestra familia se ha visto implicada y creemos que por vuestra seguridad y nuestra tranquilidad es mejor que estés con nosotros hasta que se aclaren los hechos. Las chicas no parecieron darle demasiada importancia a las palabras de su madre, estaban felices por haber regresado a casa y deseosas de aprovechar este paréntesis estudiantil con que las habíamos premiado.

Desayunaron sin hacer demasiadas preguntas al respecto y se perdieron en sus habitaciones. -¿Crees que deberíamos explicárselo todo?- Preguntó Katia con la taza de café aún entre sus manos. –Quizás sea mejor que esperemos a saber toda la verdad, ahora mismo, nos guste o no, todo son suposiciones, con mayor o menor relevancia, pero suposiciones, al fin y al cabo. La presencia de nuestras hijas había suavizado el aura de resentimiento que nos envolvía. Katia y yo hablamos durante horas de todo lo ocurrido con respecto a la compañía. Le expliqué los detalles del accidente de Thomas, mi viaje a Bangladesh,

aunque sólo los datos correspondientes a las operaciones ilícitas en las que estaban incurriendo. Ella escuchaba atenta mi relato sin interrupción, ahora ya no tenía sentido discutir y romper una lanza en favor de Eduardo, ahora ella ya sabía de lo que era capaz. En la puerta de casa había un coche aparcado con dos policías de incógnito vigilando. Decidí buscar, entre los documentos que aún conservaba, la posibilidad de encontrar alguna copia de los que habían sustraído del despacho de Thomas.

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Katia hablaba por el móvil en el jardín, necesitaba aire para renovar todos aquellos malos momentos que estaba experimentando. Hacía frio y aunque ella lo acusaba bastante, no parecía afectarle esta vez. Gesticulaba airosamente, aunque no era propio de ella. La verdad es que tampoco era muy común la situación en la que nos encontrábamos. -Gabriel, han llamado de la comisaría. Han localizado a Eduardo. Quieren que nos personemos allí lo antes posible para declarar y preparar la acusación.

He hablado con el bufete de Thomas para que nos asignen otro abogado mientras que él está indispuesto. Me han dicho que hoy vendrá Anthony Leniz – Katia había irrumpido en la habitación de forma tan briosa que me había provocado un sobresalto. -¡Por Dios, Katia! ¡Que últimamente no gano para sustos! ¡Tiene uno los nervios a flor de piel!. De acuerdo, a ver con qué nos sorprende ahora tu hermano. Dile a las chicas que nos vamos y sobretodo que no salgan de casa bajo ningún concepto. Yo les diré a los policías que se queden custodiándolas.

Abrí la puerta de la calle y atropellé a alguien involuntariamente. Ambos acabamos abrazados con la intención de no terminar revolcados por el suelo. -Parece que me echabas de menos, ¿no?- No sabía muy bien porqué, pero me sonrojé. -¿Qué estás haciendo aquí, Erika?- Cerré la puerta de un golpe y la apresuré medio a empujones a dirigirse hacia la calle. -¡Bueno, bueno! Sólo he venido a avisarte. Han detenido a Eduardo, ¿lo sabías? Me llamó Bretón y pensé que igual no te habías enterado. Iba hacia la comisaría y me venía de camino recogerte. Por lo que veo no ha sido una buena idea, ¿me equivoco?

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Me sentía algo apurado por el aprieto, Katia estaba a punto de salir pero al fin y al cabo Erika formaba parte de la investigación, lo sabía ella antes que yo y todo, ¿por qué habría de sospechar nada raro? A pesar de salir airoso de mis propios razonamientos, no podía evitar la inquietud que me producía pensar que Katia pudiera llegar a sospechar, o aún peor, descubrir el exiguo romance que habíamos mantenido Erika y yo durante nuestro viaje a Bangladesh, o incluso el primer desliz que protagonizamos hacía ya demasiados años. La simbiosis de aquellos pensamientos me provocó un sudor frio que amenazaba con desembocar en una lipotimia que no era precisamente el mejor recurso para resolver aquel embrollo.

-Mira, mejor te adelantas tú y Katia y yo iremos enseguida con nuestro coche. Disparé la frase sin demasiada recapacitación, eran ya demasiados factores a tener en cuenta para evitar todos los daños colaterales, así que intenté aparentar una falsa impasividad. Erika no pareció molestarse y con una ligera despedida volvió a su vehículo y se marchó. -¿Nos vamos?- Katia cerró la puerta con suavidad. -Pareces un poco pálido, ¿te encuentras bien?- Simplemente asentí.

La comisaría estaba llena de gente de todas etnias y condición, ya no quedaba ni un resquicio del sosiego nocturno. Pasamos directamente al despacho del inspector que era un hervidero continuo de entrar y salir de gente. Anthony ya había llegado también y se reunió con nosotros en la misma puerta. -Katia deberá prestar declaración para el expediente de la acusación. Si quiere pasar con Peter, él se encargará de transcribirla, la está esperando. Gabriel, usted pase dentro con nosotros, necesitamos algunos detalles sobre la organización de la empresa, se puede sentar en la mesa con la agente Erika.

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Seguí sus indicaciones sin dilación. Me acerqué a la mesa donde Erika discutía airadamente con Mr. Bretón y otras dos personas que no conocía. -¡Gabriel! Me alegro de verte de nuevo- Erika se levantó de la silla y señaló con su brazo hacia una que se hallaba cerca de ella. El inspector se levantó hacia la máquina de café mientras yo me acomodaba y tomaba el hilo de la conversación.

-No me habías dicho que eras agente de la CIA- Susurré al oído de Erika que lucía una placa identificativa aprehendida en la solapa de su americana. -Te dije que me habían pedido ayuda, tú no me preguntaste para quién trabajaba- Era delicada, sutil y a la vez rebelde, indiferente y apasionada. Había algo en ella que me hacía traspasar la línea de la razón.

Capítulo 6

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Mr. Bretón tenía aspecto desaseado. Era un fumador empedernido y estaba divorciado desde hacía ya más de diez años. Tuvo dos hijos que ahora eran mayores de edad pero que no veía porque nunca encontraba tiempo para ello. Volvió con la taza llena de café, tanto que se le iba vertiendo por el camino sustituyendo las manchas de los anteriores. -Bien, Gabriel, ¿le ha puesto al día ya la agente Erika? Como ha podido comprobar la operación se está llevando en colaboración con la CIA desde el momento en que se sospechó que su empresa

estaba involucrada en acciones relacionadas con criminales internacionales. Hemos necesitado mucho tiempo para ir recopilando toda la información necesaria para llegar hasta aquí, pero ahora por fin estamos en la recta final- Sacó un cigarrillo y se dirigió hacia la puerta. Parecía agotado, consumido física y psicológicamente. Había dedicado sus últimos años a trabajar íntegramente en el caso y vivía obsesionado y absorbido por resolverlo. Habían localizado a Eduardo en el aeropuerto de Toulouse, intentando embarcar en un avión con destino hacia un país de Sudamérica.

Tenía allí varias amistades con las que confraternizaba fraudulentamente y pretendía obtener una inmunidad judicial que le permitiera librarse del castigo máximo por los delitos que había cometido. -¿De verdad estabais recopilando información para presentar una querella criminal contra Eduardo? Tu abogado Thomas me lo explicó todo. Mi nombre es Raimon Molen, subdirector de asuntos exteriores y seguridad nacional. Nosotros llevamos varios años de investigación en colaboración con la CIA y la INTERPOL y hasta ahora

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no hemos podido resolver el enigma de su complicidad con diferentes mafias relacionadas con el crimen organizado. No encontrábamos sentido a que tuviera una fuerte vinculación con delincuentes de Sudamérica y sin embargo el centro neurálgico de sus operaciones ilícitas se situara en la india.- Iba a ser un día de emociones fuertes, estaba claro, lo único que podía esperar a estas alturas era salir absuelto por la implicación en cualquier cargo con el que me pudieran haber relacionado y sobre todo ileso por el resultado de tanto sobresalto para mi corazón.

Raimon Molen estaba sentado al lado derecho de Erika e iba relatando a grandes rasgos todo el proceso de investigación que había ido elaborando durante estos últimos años y yo iba descubriendo con dolor que mi vida personal y ahora mi vida profesional había sido totalmente un montaje, una tapadera y que había vivido ajeno a una gran falsedad por la que me movía como pez en el agua. ¿Cómo iba a poder demostrar mi inocencia? Yo era una persona culta, inteligente, emprendedora…

¿cómo podía haberme dejado embaucar de aquella manera? y sobre todo, ¿cómo podía demostrar que realmente era tan ignorante como para no tener ni la más mínima sospecha sobre las actuaciones perniciosas de una persona con la que trabajaba más de 12 horas al día en despachos prácticamente contiguos? El frenesí que se había apoderado de mí al comprobar que Erika era una Agente de la CIA se me había desintegrado completamente. Escuchaba a aquél hombre rebosante de resignación, esperando que al final de su relato brotaran las palabras mágicas que me condenarían varios años a una pena por pertenencia a grupo armado, crímenes contra la humanidad, etc. etc.

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Y yo sin mi abogado. Sólo podía esperar que tuvieran un laboratorio y un equipo como el que tantas veces habían aparecido en las series televisivas policíacas de las que además era acérrimo e incondicional. -Parecerá increíble, seguro, pero no teníamos constancia de que nos enfrentábamos a una persona con este grado de malicia y por supuesto ni mucho menos, que estuviera asociado a ningún grupo de despiadados e inhumanos criminales. Si hubiese sido así, jamás se nos hubiera ocurrido investigar por nuestra cuenta sus maniobras.-

-Está bien, está bien- dijo Mr. Molen casi interrumpiendo mi frase - pero los cementerios están llenos de valientes como ustedes, no sé por qué les cuesta tanto acudir a las autoridades cuando se encuentran en situaciones como esta. Hasta para nosotros que somos profesionales es peligroso, cuanto más para ustedes que no tienen instrucción ni medios de defensa personal. Ahora su amigo está gravemente herido y usted y su familia amenazados. Si se hubieran mantenido al margen todo hubiera sido más ágil y no hubiera perjudicado tanto su vida.

Aquella reprimenda me hizo sentir responsable del trance por el que estábamos pasando, del estado crítico en el que se encontraba Thomas y de la inestabilidad emocional y personal en la que me había zambullido y por lo tanto arrastrado a toda mi familia. El otro individuo que estaba sentado en la mesa en la que nos encontrábamos apenas levantó la cabeza ni un solo instante. Tenía la vista clavada en la pantalla de un ordenador portátil y no había parado de consultar e introducir datos en ningún momento. No sabía quién era ni en qué consistía su función, aunque bien parecía el secretario del subdirector.

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- Prosigo. Iniciamos pues la operación "Indiana". Enviamos un dispositivo policial de incógnito a rastrear los movimientos de Eduardo fuera de su oficina e infiltramos a Erika. Ella era la encargada de buscar pruebas dentro del ejercicio económico de vuestra empresa, auditar las diferentes cuentas de explotación, hacer el seguimiento de los comprobantes de los gastos de desplazamientos y demás para darle forma a una especie de agenda que nos iba marcando el flujo de visitas que se iban sucediendo y posteriormente enlazarlas para averiguar con quién y sobre todo para qué. Erika informaba a Roger, aquí presente,

y él enlazaba la información y la canalizaba hacia nuestro dispositivo exterior quienes intentaban encontrar la otra pieza del puzle para encajarla perfectamente, verificar la información y crear una pista auténtica y fidedigna. Mr. Bretón regresó desprendiendo un fuerte olor a tabaco y se reunió con nosotros en la mesa. Su taza de café ahora gélido yacía olvidada encima de un trozo de hoja de papel también embadurnada de manchas, sin embargo no pareció darle demasiada importancia, la tomó por el asa y se lo bebió indiferente prácticamente de un sorbo. Volvió a colocar la taza sobre el papel y Mr. Molen concluyó su paréntesis.

- Nuestra sorpresa fue que Eduardo empezó a viajar a Bangladesh cuando nosotros habíamos plantado nuestro "cuartel general" en Sudamérica. Ahí nos despistó durante una temporada. Al final recuperamos la pista y localizamos los campos indios y conseguimos averiguar cómo se las ingeniaba para saltarse todos los controles sanitarios abusando de productos químicos ilegales llegando incluso a atentar contra la salud pública. Ha incurrido en abusos laborales haciendo que se trabajen en ocasiones jornadas de más de 12 horas e incluso en otros casos ha utilizado mano de obra de menores para alcanzar la producción.

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Todos estos delitos eran pasados por alto por las autoridades debido a los numerosos sobornos y privilegios con los que les obsequiaba una red de traficantes Colombianos, que eran los contactos con los que Eduardo se reunía con el fin de corresponder a sus favores blanqueando el dinero procedente de la venta de drogas disfrazándolos como operaciones comerciales. Durante la descripción del subdirector Katia se había agregado al grupo. Se había sentado en la única silla que quedaba libre de aquella mesa redonda, situada entre Mr. Bretón y yo. Permanecía en silencio, expectante ante las barbaridades que iba escuchando y que parecían sacadas de un bestseller de acción.

Sus ojos empañados y enrojecidos manifestaban la profunda decepción que la embargaba y el dolor punzante del engaño la había trasportado al mundo de la desesperación. Ambos estábamos viviendo sensaciones tan idénticas y a la vez tan dispares… -Disculpen, si les parece haremos una breve pausa porque debo hacer una llamada. Mr. Molen se levantó y salió del despacho. Al abrir la puerta el ruido de fondo de la comisaría rompió el silencio casi sepulcral en el que nos hallábamos.

-Necesito tomar un poco de aire- La voz de Katia entrecortada consiguió romper por unos segundos la fusión de Roger con su ordenador. Se levantó, cogió su bolso y se dirigió apresuradamente hacia la calle. -Es muy duro descubrir de la noche a la mañana que tu hermano es un criminal perseguido internacionalmente- Las palabras de Erika intentaban justificar la estampida de Katia, sin embargo ninguno de los allí presentes íbamos a cuestionar su escapada.

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Todos los que quedaban estaban pendientes de sus móviles, contestando mensajes, consultando agendas, etc., menos yo, que permanecía petrificado intentando procesar la información recibida. Ni siquiera había tenido fuerzas para amparar a Katia, aun sabiendo que acababa de recibir uno de los golpes más fuertes de su vida. Me costaba hasta levantar los párpados cuando pestañeaba. Estaba abatido, asustado, desconcertado. Era una situación de una naturaleza fuera de nuestro alcance totalmente. Sentía ganas de vomitar debido al nudo que me oprimía la boca del estómago. Intentaba serenarme. Millones de preguntas me bombardeaban el pensamiento pero decidí esperar hasta el final.

Todos volvíamos a estar en nuestros puestos excepto Katia. Mr. Molen continuó describiendo los detalles de la operación y cada cual proseguía con la tarea que realizaba antes del paréntesis. Apenas había comenzado a hablar cuando de repente la agente Dominique irrumpió violentamente en el despacho, parecía desencajada. -Ha habido un tiroteo en Toulouse. No tenemos todos los detalles todavía, pero parece ser que Eduardo ha escapado aunque creen que ha resultado herido por las balas.

No tenemos demasiados datos, los agentes que lo custodiaban han informado que les prepararon una emboscada, por el momento hay dos bajas policiales y el conductor de uno de los vehículos que les esperaban que colisionó contra ellos.- La reunión concluyó.

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Caminaba de nuevo hacia casa. Katia se había llevado el coche y decidí caminar un rato con el fin de despejarme un poco. La cabeza me estallaba. El relato de la investigación me atormentaba sin piedad y giraba una y otra vez incesante por mis pensamientos como si fuera un carrusel sin freno. Una combinación de imágenes sin orden ni sentido se me aparecían formando una simbiosis que terminaba arrastrándome a un estado de abducción total. No podía asimilar jamás todo lo que me estaba pasando. Hacía poco tiempo, muy poco, estaba en la cúspide de la fortuna, lo tenía todo y ahora…

Miré el reloj y me di cuenta de que era muy tarde. No sabía si Katia habría ido para casa y de repente recordé que habíamos dejado a las niñas solas allí. Paré un taxi. Cuando llegué la puerta del garaje estaba abierta. Katia había aparcado el coche dentro, aunque no se había esmerado demasiado. La parte trasera del vehículo sobresalía lo suficiente como para impedir que la puerta automática se terminara de cerrar, por lo que había estado abriéndose continuamente cuando la célula fotoeléctrica detectaba el obstáculo cada vez que pretendía hacer la maniobra.

Las llaves estaban puestas, no era propio de Katia tanta dejadez. Estacioné el vehículo correctamente en el parking y me dirigí hacia el interior de la casa. Me llamó la atención el silencio. Nora y Claudia, como adolescentes que eran, acostumbraban a ser bastante ruidosas. Siempre estaban alegres y sus estridentes y alborozadas risas se escuchaban incesantes por todos los rincones. Desde que se despertaban hasta que se dormían se pasaban el día escuchando música. Había que llamarles constantemente la atención muchas veces por las altas horas de la noche en la que todavía sonaban sus canciones en tono excesivamente elevado.

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Sin embargo, ¿por qué no se escuchaba nada? Empecé a sobrecogerme y me apresuré a subir la escalera en su busca. Tampoco se oía a Katia en ningún sitio. No me había dado cuenta de si continuaba el vehículo policial que las vigilaba en la entrada. Abrí, obtuso por la ansiedad, torpemente la puerta de la habitación de Nora y estaba vacía. No parecía desordenada, pero aun así, las gotas de sudor comenzaban a apoderarse de mi sien. Corrí hacia la de Claudia y tampoco me pareció excesivamente alborotada. Tampoco había rastro de las niñas. Comencé a correr hacia nuestra alcoba. El corazón se me salía del pecho. Tenían órdenes expresas de no moverse de casa. ¿Y Katia?

La puerta estaba abierta. Del bolso que había llevado Katia a la comisaría que parecía lanzado sobre la cama sobresalían las llaves, el monedero, y algunas pequeñas cajas donde ella solía guardar sus pinturas. No sabía por qué, pero entré lentamente, como si presagiara algún mal augurio. Me dirigí al cuarto de baño que englobaba la habitación. Empujé la puerta pero no pude abrirla, parecía como si estuviera puesto el cerrojo por dentro. -¿Katia? ¿Estás aquí?- Empecé picando suavemente con los nudillos de los dedos, pero no se escuchó respuesta alguna.

-¡Katia, por Dios!, ¡Katia, abre la puerta!- Mi voz se desgañitaba mientras golpeaba con los puños cerrados contra la puerta, pero ésta, lejos de abrirse, permanecía inmóvil y sorda.- - ¡Claudia!, ¡Nora!, ¿dónde estáis? Empujaba la puerta con todas mis fuerzas. Un último golpe certero con el hombro hizo saltar el seguro y arrancando un trozo de madera la puerta se abrió.

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Me lancé a los pies de Katia que yacía inerte en el suelo, apoyada contra la pared cubierta de un gran charco de sangre procedente de los profundos cortes que aparecían en sus muñecas. Contra su pecho, su mano derecha oprimía una hoja de papel maltrecha en la que se podía distinguir algo escrito. Abrí su rígida mano y estiré de ella levemente. En un primer momento pensé en una carta de despedida, sin embargo aquella suposición se evaporó rápidamente al comprobar que aquella caligrafía nada tenía que ver con la suya. Rápidamente me limpié las lágrimas que brotaban de mis ojos para poder descifrar aquél mensaje, que tan celosamente abrazaba mi esposa y que quizás podría darle algún sentido a la escena dantesca que estaba presenciando.

"Con nosotros no se juega, Eduardo. Si antes de mañana no das señal alguna olvídate de tus preciosas sobrinas" Sentado, desde el sofá del salón observaba los movimientos de la policía científica. Habían venido casi quince personas que analizaban centímetro a centímetro toda la casa. El forense fue el primero que terminó su trabajo y el cuerpo de Katia desfiló envuelto en una sórdida bolsa negra por delante de mí hacia la puerta de la calle.

Ni siquiera hice ademán de querer levantarme. Estaba triste, pero sobre todo estaba enfadado con ella por haberme abandonado por segunda vez, aunque ahora también había abandonado a sus hijas. Había sido egoísta y no se lo perdonaría nunca. ¿Qué le iba a decir yo ahora a las niñas? - Sr. Gabriel, debemos hablar un momento- El inspector Bretón se acercó a mí con aspecto apurado.

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Alcé la vista y él se sentó a mi lado.- Tenemos motivos para creer que su mujer no se ha suicidado. De todas maneras no es más que una primera conclusión, debemos esperar al resultado de la autopsia para ratificar el dictamen.- Los ojos se me salieron de las órbitas. Instintivamente me puse en pie, pero mi cuerpo ya no obedecía ninguna orden ni ninguna función. Me desplomé. Me desperté en el interior de una ambulancia. Estaba totalmente aturdido. Recordaba perfectamente la imagen de Katia ensangrentada. De repente el recuerdo de mis hijas me reveló el motivo que me había llevado a saturar de aquella manera mi consciencia.

Las niñas estaban en grave peligro, su madre había sido asesinada de manera dramática y ellas habían desaparecido a manos de unos sangrientos criminales buscados por la policía internacional. Intenté incorporarme pero un enfermero volvió a estirarme sobre la camilla. -Debe descansar un poco, señor. Ha sufrido usted una lipotimia y tiene el corazón delicado. Le hemos administrado un sedante que le permitirá relajarse. Intente dormir un poco, le sentará bien.- ¿Cómo podía dormir mientras mis hijas eran raptadas? Sin embargo no pude ganar la batalla contra los tranquilizantes.

Sentía el calor de una mano aferrada a la mía. Aquel suave apéndice no me dejaba bajar la guardia y estiraba de mí con tal fuerza que sucumbí a su intención y recuperé la suficiente fuerza de flaqueza como para abrir los ojos y no darme por vencido en aquella encrucijada que la vida había preparado para mí. -¡Gabriel!, ¡Cuánto me alegro de que te hayas despertado!, Estaba asustada- El suave bronceado de Erika me inspiraba la imagen de un mar sereno, turquesa, transparente. Inspiré.

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-¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? ¿Dónde están mis hijas? La comisura de sus labios se alzó para dibujar una delicada sonrisa que roció todos mis poros devolviéndome aquella paz en la que se habían columpiado una vez mis sueños. -Tranquilo, Gabriel, tus hijas están bien, ya vienen hacia aquí- Estreché su mano con toda la intensidad que pude, que, aunque me pareció infinita, a Erika no pareció inmutarle y volví a caer en los brazos de mi quimera. Iba a ser difícil rellenar el profundo vacío que la muerte de Katia había propiciado a las niñas.

Después de su entierro, mi hermana Alice quería llevárselas una temporada, mientras se acababan de esclarecer los hechos y yo me recuperaba del todo de mi shock, sin embargo ellas decidieron volver a Alemania y acabar sus estudios. No sabíamos por qué extraña razón las habían liberado de su cautiverio. Eduardo continuaba fugado, no se conocía su paradero y sólo se sabía que estaba mal herido. Lo que sí se sabía es que eran varios los que le andaban buscando y con muy dispares intenciones. Seguramente le sería más fácil esquivar la vigilancia policial que la de los malhechores que le acechaban.

Parecía haber sembrado a su alrededor un campo de cólera, la cual nos había salpicado de lleno provocándonos unos daños colaterales de los cuales seguramente él no era ni consciente. Erika nos llevó a la estación. Desde que salí del hospital no se había separado de mí prácticamente para nada. Me llevaba de un sitio a otro como si fuera un maletín lleno de documentos importantes y aunque yo no estaba demasiado por la labor, poco a poco me fui involucrando de nuevo en la investigación.

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Se había detenido la producción en Bangladesh a la espera de los resultados de una auditoría judicial requerida por la fiscalía tras la formalización de la demanda contra Eduardo y paralelamente contra nuestra empresa. Aprehendí de nuevo las riendas de la entidad con el fin de esforzarme para recuperar la imagen limpia y transparente de la que yo siempre había presumido y que las circunstancias habían hecho desmoronarse de un plumazo y empecé a alejarme del regazo de Erika para encontrarme de nuevo con la persona razonable y lógica que siempre había sido.

No obstante, procurábamos cenar cada día juntos, coyuntura que nos proporcionaba un acercamiento sentimental cada vez más evidente a la luz pública. -Mañana le dan de alta a Thomas. Iré a buscarlo al Hospital. Me ha dicho que quiere pasar por el despacho directamente, el muy cabezota.- Erika me escuchaba siempre atentamente, si se hubiera dedicado a la psicología habría tenido también un gran éxito. Era una mujer paciente y optimista y lo mejor de todo era que por donde quiera que fuera irradiaba toda aquella armonía.

-Quiere ayudarte, ya lo sabes. Tiene un gran remordimiento por no haber estado a tu lado en el peor momento de tu vida. Del registro llevado a cabo en la casa de Eduardo se intervinieron diversos equipos informáticos cuyo posterior análisis reveló una serie de información crucial para el futuro desenlace de la investigación. El operativo policial se desarrollaba de forma simultánea en varios países aunque el coordinador central era el inspector Bretón. La documentación incautada permitió detener a varios integrantes de la red de narcotraficantes colombianos

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Eran horas de interminables interrogatorios que se sucedían tras cada arresto, lo que provocaba que muchas semanas sólo viera a Erika algún rato en alguna pausa para hacer un tentempié o un café rápido, pero el hecho de poder compartir con ella aquel pequeño instante alimentaba mis ganas de vivir y mantenía candente mi entusiasmo. Había olvidado la soledad, la tristeza e incluso el rencor acumulado por la rabia contenida de haber sido salpicado por la perversidad de la malicia, cuando de repente una mañana recibí una llamada inesperada.

-¿Gabriel? No me cuelgues por favor, tenemos que vernos. Ya sé que he cometido muchos errores, pero ya lo estoy pagando y Dios sabe que bien caro La voz de Eduardo me hizo estremecer. Era como si los fantasmas del pasado volvieran para impedir que llegara a alcanzar nunca la estabilidad emocional que anhelaba. -¿Eduardo? ¿Cómo te atreves a ponerme en este compromiso después de todo lo que has hecho? ¿Dónde diablos estás? ¡Has matado a Katia!, ¡Han raptado a las niñas! ¡Eres un criminal despiadado!

Capítulo 7

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- ¡Gabriel, por favor, escúchame!, no me cuelgues, tienes que ayudarme, me han tendido una trampa y no tengo a quien acudir. Las palabras de Eduardo se clavaban con saña en lo más profundo de mi ser y, aunque me sentí tentado a colgar el teléfono, proseguí escuchándole enmudecido. - Es cierto que he aceptado irregularidades en el proceso de producción, pero no sé cómo se enteraron. Me hicieron chantaje y me amenazaron con denunciarnos y arruinarnos el negocio si no les hacía un pequeño favor. Después, cada vez los favores eran más grandes y no sé cómo ha llegado a escapárseme de las manos.

Tenemos que vernos, Gabriel, te lo explicaré todo. No fui yo el que mató a Katia. Estoy destrozado. Lejos de sentir compasión, toda aquella explicación aumentaba mi ira. -¿Destrozado, dices? Lo que has destrozado es mi vida, ¿por casualidad te has parado a pensar en el daño que has hecho? Katia ha muerto, las niñas fueron secuestradas, Thomas estuvo en estado crítico y tiene secuelas importantes y a mí me has llevado a un punto... ¡me has provocado un ataque al corazón! ¿Y ahora pides clemencia? ¿Cómo puedo sentir lástima de ti?

- ¡Gabriel, te lo suplico! ¡No sabes cuánto lo siento! Estoy roto por lo de Katia. Dame sólo una oportunidad. Pagaré por todo, pero necesito que me ayudes a salir de esta. No pude acceder. Era demasiado grande el tormento que había vivido y la indignación que acumulaba, por tanta aflicción. No obstante, le propuse que volviera a ponerse en contacto conmigo al anochecer. Tenía la estrategia para atar todos aquellos cabos sueltos. -¿Cómo estás, Thomas? Tengo noticias interesantes.

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Nos vemos en tu despacho en media hora. Ya te contaré, pero creo que sé cómo localizar y detener a Eduardo. Thomas había reanudado su vida profesional después de la forzada interrupción a causa de su accidente, que apuntaba a tentativa de asesinato. - ¿De dónde has sacado esa información?, ¿has llamado a la policía? Dejé a Thomas casi con la palabra en la boca y me apresuré a buscar el coche para ir a su encuentro. Estaba emocionado. Después de recapacitar, me di cuenta de que Eduardo me estaba poniendo en bandeja su detención, después de que lo estuvieran intentando localizar infructuosamente. Debía de estar muy desesperado para correr el riesgo de ponerse en contacto conmigo sin saber cómo podía yo reaccionar después de todo lo sucedido.

Había bastante tráfico, lo que provocó que me retrasara un poco. Al llegar a la puerta un suave escalofrío recorrió todo mi cuerpo, mi memoria había evocado el recuerdo del último día que tenía que reunirme con Thomas en el bufete, cuando apareció totalmente desvalijado. Sin embargo, aquel día todo parecía tranquilo. -¿Cómo has tardado tanto? Ya empezaba a preocuparme. Explícame de una vez qué es lo que ha pasado, ¡me tienes en ascuas! Thomas estaba de pie dando vueltas sin sentido por su despacho.

Llevaba un bastón de apoyo con un mango de plata que le daba un toque de distinción a su discapacidad. Le habían hecho varias operaciones en las piernas, pero había sufrido lesiones irreversibles que le impedían caminar sin un soporte para no perder el equilibrio. -¡Siéntate ya!, enseguida te explico. Esperaba una reacción análoga a la mía, sin embargo, el rostro de Thomas denotaba preocupación y escepticismo.

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-¿Te has parado a pensar que puede ser que te estén tendiendo una trampa? ¿Y si resulta que no está tan desesperado y lo que quiere es que bajes la guardia? O lo que es peor, ¿y si le están obligando a mentir, amenazándole y todo es un montaje? No lo sé, Gabriel, no me da buena espina este arrepentimiento. ¿Quieres que te diga lo que yo haría?, yo en tu lugar hablaría con el inspector Bretón. ¿Por qué no se lo cuentas a Erika a ver qué opina ella? Ya había errado excesivas veces ignorando el parecer de mi buen amigo Thomas, así que decidí hacerle caso por una vez y llamé a Erika. Como el tiempo apremiaba y tenía que tener claro mi procedimiento antes de la noche, le conté por teléfono la conversación con Eduardo.

- Deberías hablar con Bretón, Gabriel. Al fin y al cabo él te ha dicho que tiene claro que pagará por sus delitos, ¿no?, pues debemos preparar el encuentro perfectamente, ya has visto a qué tipo de criminales nos enfrentamos, es mejor dejarlo en manos de policías profesionales, cualquier movimiento en falso nos llevaría directamente al fracaso de la operación y no nos podemos permitir ese lujo. Llevamos muchos años luchando por desmantelar este entramado y ahora se nos presenta una oportunidad de oro. Piénsalo, Gabriel. Salí apresurado hacia el coche, chocando con la multitud que caminaba en dos direcciones a lo largo de la calle. Eran las 13.30h, conducía de camino hacia la comisaría cuando empezó a sonar un teléfono en mi bolsillo.

- Gabriel, vas a contárselo a Bretón, ¿me equivoco? No te culpo y lo entiendo, ya dije que me entregaría. Pero antes quiero que me prometas una hora, a solas. Aún sorprendido por haber estado tan cerca de él y no reconocerle, me vi aceptando su invitación, a las 15h en la Crêperie d'Isabelle.

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Cuando llegué a la comisaría, Erika se me había adelantado, lo vi en la cara de Bretón. Su aire de torpe impasible había cambiado por la imagen de un hombre con vigor épico, parecía haber crecido unos centímetros y haber ganado musculatura, mientras respiraba profundamente con una expresión de seguridad impaciente que hacía leer en su mente un ¡ya le tenemos! Erika salió del despacho, dejándome la puerta abierta y guiñándome un ojo.

Apenas estaba cerrando la puerta, Bretón empezó a preguntarme detalles, sobre si ya había quedado con Eduardo y dónde, me contaba el dispositivo que estaban preparando con hombres de incógnito y francotiradores, por si Eduardo intentaba huir o hacerme algún daño. - Me ha llamado a un teléfono que había dejado en mi bolsillo.- Mientras hablaba, vi que me había estado vigilando y podría haberme hecho daño, sin que yo me diese cuenta.- Hemos quedado a las 16.30h, para tomar café frente a la iglesia de Saint Marc. Como supuse, en media hora todos los agentes de incógnito habían tomado posiciones y habían instalado micrófonos bajo mi ropa.

- Los encenderemos media hora antes de que se encuentre con él, por si llegan antes y quiere jugar al despiste- dijo Bretón. - De acuerdo. Ahora si no le importa, me gustaría ir a comer. - Erika debe estar con los agentes Molen y Dominique... - No se preocupe. - interrumpí. - Antes de encontrarme con mi cuñado, quiero ordenar mis ideas. Llegué a la Crêperie quince minutos antes. La terraza estaba llena de gente con abrigos finos y gafas de sol;

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en el interior, dos de las tres mesas más cercanas al ventanal estaban ocupadas y, en la mesa del fondo, junto a la puerta de la cocina, Eduardo me miraba fijamente, levantando levemente la comisura del labio, a modo de sonrisa de quien me conoce lo suficiente como para saber que llegaría antes de tiempo. En lugar de saludarnos, me quedé en pie unos treinta segundos y nos miramos a los ojos en silencio. - ¿Has comido? Espero que no. Te he citado aquí porque van a ser mis últimos minutos en libertad y quiero recordarlos con el sabor de las crêpes de Isabelle. Por favor, acompáñame.

En ese momento, ella salía de la cocina con una bandeja. Nos sirvió un gran vaso de leche a cada uno, en los laterales de la mesa colocó unos pequeños tarros con crema de cacao, mermeladas de fresa, melocotón, mora y manzana, nueces, leche condensada, nata hecha por ella y azúcar avainillada, y por último, orgullosa, colocó en el centro de la mesa un plato con diez crêpes gruesas amontonadas. - Cinco son para ti, las puedes rellenar con lo que quieras.- Dijo Eduardo, al ver mi cara de asombro. - Si esta señora tuviese los medios necesarios, se propondría acabar con el hambre en el mundo, a base de crêpes. - Eduardo, no tenemos todo el día...

Golpeó con el puño el único trozo libre de la mesa, mientras se le hinchaba la vena del cuello. - ¡No se te ocurra pensar que quería hacerle daño! Lo único que quería era hacerla feliz y protegerla. Me equivoqué, ¿de acuerdo? ¿Sabes lo que es pasar hambre, Gabriel? ¿Lo que se siente cuando desahucian a tu familia de un sótano de cuarenta metros? Cuando tu hermana pequeña trabaja desde los catorce años, sirviendo cafés a ejecutivos que la miran con desprecio y lujuria, para que tu madre coma más de una vez al día, en lugar de repartir el puré de patatas y papel entre sus hijos.

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Es entonces cuando decides dárselo todo, como sea. En ese momento mi cabeza era una página en blanco. No sabía nada de la infancia de Katia, nada de Eduardo. Incluso su voz y su expresión habían cambiado. Hablaba con tono de desesperación y sus ojos se perdían, llenos de lágrimas y rencor, en sus recuerdos. - Eran lo único que tenía, ella y sus hijas. Sus hijas... - Eduardo, tú me la presentaste. ¿Por qué no me dijiste que era tu hermana? Éramos amigos y socios. La hubiese tratado con respeto y, quizás, no me hubiese atrevido a intentar nada con ella.

- Ella te eligió. Su carácter le obligaba a parecer dura, superior e indiferente a cualquier hombre. Quien tuviese el valor de conquistarla, debía esforzarse por ello. Debía sentir que conseguirla no había sido fácil, y que era afortunado, porque jamás encontraría a nadie como ella. Te eligió. Me di cuenta de ello cuando comentaste la forma de comer canapés de Bruna Bestué y te miró como quien reprocha a un adolescente su falta de madurez. A cualquier otro lo hubiese ignorado, pero quería que te dieras cuenta de que ese tipo de comentarios le molestaban. A partir de entonces, cambié de estrategia. Pasarías tu vida esforzándote en hacer feliz a Katia, y yo, como tu socio, te daría todas las facilidades que necesitaras para conseguirlo, sin ensuciar tus manos.

- Hablas como quien quiere más a su hermana que a sí mismo. Pero no estuviste en los momentos importantes de su vida. Aunque vuestro parentesco fuese secreto, como mi socio estabas invitado a nuestra boda, ¡ni siquiera mostraste interés en conocer a tus sobrinas!- - ¡Claro!- dijo con ironía. - Mejor mostrar aprecio por mi socio y su familia. Si no me la habían jugado hasta ahora, era porque los colombianos no tenían ser querido con quien hacerme chantaje, ni la policía podía sacar información de un socio a quien confiase mis negocios sucios.

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Pero piensa, recuerda aquella navidad, la primera de tus hijas. Tenían unos meses y las llevaste a la cena de empresa. Yo llegué más tarde, disfrazado de Santa Claus y con sacos de regalos para los hijos de todos. Los padres reiais y sacabais fotos, mientras algunos hijos lloraban al sentarse en mis rodillas. Hasta que se sentaron mis sobrinas, Claudia con un vestido azul marino que resaltaba la profundidad de sus ojos, y Nora con un vestido verde que la hacía parecer un pequeño duende. Me miraron a los ojos y... nunca me has visto llorar, pero lo que empapó la barba postiza no fue sudor. Sentí alivio cuando supe que las habían liberado sin causarles daño, eso sin duda, aunque por otro lado, me extraña. Estos colombianos son despiadados, hubiesen tenido la sangre fría de devolvérnoslas en unas diez entregas.

Sentí como si el corazón quisiera escapar de mi pecho, dolía, dolía mucho. Y mientras Eduardo se mordía el labio inferior e intentaba no llorar, continuó hablando. - Creí que no habría nada más duro que perder a Katia. Pero saber que ellas estaban en manos de esos monstruos, me helaba la sangre. No fui capaz de abrir la boca para expresar todo lo que pasaba por mi cabeza, por eso Eduardo asumió que no le creería y me dio las gracias por, al menos, haberle escuchado.

- Bueno, Gabriel. No te preocupes por la cuenta, está pagada. ¿Adónde vamos? Me gustaría entregarme a tus amigos del micrófono.- Hubo un corto silencio y sonrió. - Vamos, me he dado cuenta de cuanto te molesta el esparadrapo. - No estará encendido hasta dentro de cinco minutos, y esperan que quedemos frente a Saint Marc, tenemos quince o veinte minutos de paseo-, sonreí al ver la sorpresa en su cara, ahora sabía que le creía. - Lo confesaré todo, me hundiré junto a los traficantes y políticos que han participado en el juego.

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Tú quedarás limpio, Gabriel, solo te pido que lo des todo por ellas. A dos calles de llegar a Saint Marc, nos encontramos a Erika apuntando al pecho de Eduardo. - ¡Erika! No es necesario, va a entregarse. Y ¿cómo nos has encontrado? - Gabriel, cielo. Vi como salías de la comisaría sin avisarme para ir a comer, así que Dominique te siguió y me avisó cuando te vio salir de la cafetería con Eduardo. - Disculpa, cafetería no, "crêperie"-, interrumpió Eduardo.

De un golpe, Erika le derribó y lo esposó mientras estaba tumbado en el suelo. No entendía cómo podía haber perdido los nervios de esa manera, era una mujer que no se dejaba llevar por emociones, enérgica y entusiasta, sí, pero no violenta. - Erika, no era necesario- dije. - No me digas que has creído que iba a entregarse, te ha engañado toda la vida fingiendo no ser familia de tu esposa. No tiene vida, todo es un papel. Erika empujó a Eduardo al asiento trasero de su coche. Me dijo que dos esquinas más adelante encontraría a Bretón, que fuese con él y ella se encargaría del detenido.

De camino a Saint Marc, mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Realmente ¿fue compasión o suerte lo que salvo a mis hijas de ese infierno? ¿Y si no fueron los colombianos? ¿Y si todo lo que Eduardo me ha dicho ha sido un papel? Encontré a Bretón dando órdenes por radio. - ¿Se puede saber que hacía reuniéndose con él a escondidas? Encontré esta nota de Erika diciendo que había ordenado que le siguieran y se dirigía a detener a Eduardo. Leí la nota.

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- ¡Bretón! ¿Por qué Erika fue sola a detener a Eduardo? - Lo sé, Gabriel. He intentado dar con ella por radio, pero no responde. - Y no lo hará. Su letra es tan diferente a la de Katia... mi Katia, perdóname. - No le entiendo, ¿adónde quiere llegar?- - Mire como ha escrito el nombre de Eduardo. Este tipo de letra lo había visto antes. En la nota de los secuestradores.

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Gabriel, nuestro protagonista, se encuentra con una cita de Erasmo de Rotterdam que decía: "Una buena parte del arte del bien hablar consiste en saber mentir con gracia". Acto seguido, se dirige a pronunciar un discurso ante cargos de su empresa, acompañado por su mujer, Katia. En un momento dado, descubre que del bolso de ella sobresale la tarjeta del hotel donde, hace ahora tres años, comenzaron los hechos que esa noche, durante el discurso, "explotarán" delante de los presentes. Llegan al vestíbulo del lugar de la cena y se encuentran con un viejo amigo al que no veía desde hacía 20 años: Bernard, alguien que no parece sentir rencor por algo del pasado y que les saluda amablemente. Es alguien con afán de protagonismo y lo evita educadamente, dejándolo casi con la palabra en la boca y algo disgustado. Durante el discurso, anuncia que deja la compañía. Alude a comportamientos vergonzosos en la tarea de construcción de la empresa y los expone, no sin antes referir que todo había empezado a cambiar hacía veinte años, justo durante la época en que fue elegido para el cargo. Al acabar, sale de la sala seguido por Katia y Eduardo, la persona que le eligió para su actual cargo. Éste se encara con él amenazándole con vengarse, si abandona la empresa. Katia consigue que ambos vuelvan a casa, pero el protagonista comienza a tener dudas sobre la actitud de ella y sobre todo se pregunta por qué aún conserva la tarjeta de aquel hotel de París, donde él había estado en una reunión con colaboradores de la empresa. Allí, vio a un hombre alterado que habla con alguien a quien no puede ver. Esa persona le recuerda a Katia. Él se lo dice, pero ésta parece no entender. El protagonista piensa Katia le ha traicionado. Al llegar a casa, le pregunta directamente por la tarjeta del hotel; ella le desvela que Eduardo es su hermano. Katia se va y él pide ayuda a Thomas, su amigo abodado. Va a su buffete y descubre que acaban de robarle todos los documentos que incriminan a Eduardo y la compañía donde trabaja nuestro protagonista. Es justo entonces cuando recuerda que Thomas no quería que hace ya 20 años aceptara ese puesto porque había un accionista del que no se fiaba; aquella reticencia les había separado durante 10 años. El protagonista urge a su amigo para hacer algo y le cuenta la relación entre su mujer y Eduardo; Thomas parece entender ciertas cosas con esa revelación y avisa a su amigo de que puede estar en medio de un complot. Los dos deciden ir a ver a Eduardo; en el trayecto, el protagonista nota que su amigo está guardándose algo y le pide que se lo cuente. Katia le había llamado pidiéndole consejo acerca de cómo podía contarle algo a él; Thomas, que no puede ayudarla, tiene la sensación de que ella es también una víctima. Llegan al lugar, en cuya puerta está puesto el nombre de Erika Vans, que le suena algo al protagonista. Se encuentran primero con Bernard (que había sido novio de Katia), que le indica a Thomas que no les acompañe. Se encuentran luego con Erika Vans, a la que reconoce. Finalmente, en una sala se reúne con el inspector Daniel Bretón, los agentes especiales Dominique Lissette y Peter Dorsó y ... Katia. Gabriel sufre un infarto y es hospitalizado. Sutilmente, hace ver a Katia que ella tiene parte de responsabilidad. Dos guardias vigilan la puerta de su habitación. Thomas va a visitarlo y, al salir de la habitación, estos los siguen a distancia. Thomas le comenta que, después del robo, se convino entre Bernard, Katia, el inspector y él, que lo mejor sería ponerle vigilancia. Hay un sospechoso, pero Thomas no puede darle más información. Ante tantos acontecimientos, Gabriel se pregunta si la decisión de abandonar la empresa fue la adecuada.



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Su última novela es "Invitación a un asesinato".

 

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Periodista y escritora, galardonada con el Premio Nacional de Periodismo en 1981, y con el Premio Qué Leer en 2005 por su novela "Historia del rey transparente".

Su última novela es "Lágrimas en la lluvia".

 

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